Las operaciones anfibias están entrando en una fase de transformación profunda. Durante décadas, la imagen dominante ha sido la de una fuerza naval aproximándose a una costa, proyectando unidades de Infantería de Marina, asegurando una cabeza de playa y permitiendo la entrada posterior de fuerzas de mayor entidad. Ese modelo no desaparece por completo, pero deja de ser el centro de gravedad. En el horizonte de 2036, la operación anfibia será cada vez menos un “desembarco” y cada vez más una campaña litoral distribuida, multidominio, sensorizada y sostenida por una combinación de plataformas tripuladas, sistemas no tripulados, fuegos de precisión, guerra electrónica, logística dispersa y mando resiliente.
La IM dejaría de ser solo la fuerza que se proyecta desde la mar sobre tierra, para convertirse también en una fuerza que, una vez desplegada en una isla, cabo, puerto o enclave, puede condicionar la maniobra naval adversaria. En Canarias, Ceuta, Melilla o Alborán, esta capacidad tendría un valor estratégico evidente.
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