españa en la 2 guerra mundial

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Re: españa en la 2 guerra mundial

Notapor GIBRALTARESPAÑOL el Mié Sep 17, 2008 4:57 pm

Punto y final de la serie de artí­culos periodí­sticos que intercambiaron en 1978 el profesor Marquina y Serrano-Suñer, podremos sacra nuestras propias conclusiones, a mi personalmente me parece que los dos dicen las verdades que quieren, y callan lo que no les deja en buen lugar, uno defiende la linea clásica que dio el franquismo y el otro la antagónica, como dice el refrán "nada es verdad ni es mentira sino del color del cristal con que se mira"


TRIBUNA: RAMON SERRANO SUí‘ER
Mi punto final sobre "Hendaya"
RAMON SERRANO SUí‘ER 23/12/1978

Por última vez, y por que no se tome a desatención con nadie, vuelvo sobre las consideraciones que sigue haciendo Antonio Marquina en relación con el encuentro Franco-Hitler en Hendaya. No seguiré su orden, porque en él me pierdo, y empezaré por el final de su artí­culo, donde manifiesta no tener animadversión contra mí­. Tampoco yo la tengo, ni el menor ánimo de molestar a mi contradictor, y no se entenderí­a la razón para que aquélla pudiera existir, pues no hemos tenido -al menos que yo sepa o recuerde- relación alguna anterior, social, humana, polí­tica ni profesional, y, repito, como dije en el primero de mis artí­culos, que presumo siempre en los demás, salvo prueba en contrarí­o -praesumptio iuris tantum-, la buena fe y la honestidad; que, especialmente, han de concurrir en un historiador a quien sólo la verdad debe mover en sus trabajos: la Historia concebida como testimonio y no como medio para dar rienda suelta a prejuicios hostiles, a la satisfacción de rencores antipatí­as, cuestiones o intereses personales.El historiador, o simplemente el cronista, ha de despojarse de todo asomo de orgullo, para rectificar sus aserciones o sus juicios cuando se le demuestre que carecen de fundamento. También debe librarse de la susceptibilidad que le induce a creer que es el destinatario de manifestaciones hechas erga omnes.
Libertad en la verdad, como escribí­a Unamuno, lo que permite, y aun obliga, a denunciar confusiones o errores. (Esto aparte del recurso a la Historia como elemento literario, o para hacer la Historia que se hubiera querido.)
Dos hechos esenciales
En mis artí­culos anteriores he situado en su punto real los hechos esenciales, que se resumen así­:
Primero. Que los alemanes tuvieron gran interés en empujarnos, aunque sin violencia fí­sica ni malos modos -al menos en nuestra presencia-, para intervenir en la guerra a su lado; ya fuera como beligerantes, ya como sometidos, principalmente por su interés en la conquista de Gibraltar, a cuya posesión concedí­an la mayor importancia estratégica.
Segundo. Que Franco resistió, y que nuestra polí­tica de «amistad y resistencia» libró a España de la guerra, pese a la vecindad armada -Hendaya- del III Reich victorioso, evitando así­ pasar de espectadores a actores en la trágica contienda. Lo demás son conjeturas, hipótesis, palabras, cominerí­as, y éstos son he chos inconmovibles que sobrevivirán a aquéllas.
Por mucha que fuera nuestra humildad, nunca podrí­amos avenirnos a aceptar que no habí­an ocurrido, y en la forma en que ocurrieron, las cosas y situaciones que presenciamos; que vimos con nuestros ojos y escuchamos con nuestros oí­dos.
Algunas palabras y calificaciones sobre la entrevista de Hendaya como esa que se recoge en el artí­culo que comento de «una trata de ganado de segunda categorí­a» me parecen -ellas- una tonterí­a grande, y lo mismo importa que las dijera Hitler, Paul Otto Schmidt o ese profesor americano que se cita por nota al pie del artí­culo o cualquier otro. La insistencia del señor Marquina en que en el Bergliof Von Ribbentrop condicionara mi conversación con Hitler a que previamente llegara a un acuerdo con él es absolutamente gratuita, y, para hacer las cosas seriamente, he apelado a los recuerdos de Tovar, a quien he llamado a Tubinga, y así­ me lo ha confirmado. No hubo conversación previa sobre el tema con Ribbentrop como condición puesta por él. En esa, como en otras ocasiones, Ribbentrop siempre trató de arrancarme algún compromiso para lucirse ante su fí¼hrer.
En cuanto a la referencia que se hace a mi breve visita al vagón de Ribbentrop, diré que tuvo un doble objeto: primero, suavizar el ambiente, pues Franco estaba indignado al volver a su tren («esta gente lo quiere todo sin dar nada»), y en análogos términos, según supimos, se manifestaba Hitler con los suyos; segundo, la redacción del «comunicado» que habí­a que dar a la prensa del mundo, pues era para nosotros algo importante y sumamente delicado, como le indiqué, teniendo en cuenta la repercusión inmediata que iba a producir en Inglaterra, y concretamente en mis relaciones siempre difí­ciles, para obtener los navicerts, con el embajador Hoare. Presenta Marquina los memorándums de los alemanes como si fueran documentos fehacientes, con equivalencia a actas notariales, cuando en realidad no eran más que unos apuntes informales, unilateralmente redactados, sin control ni intervención ninguna por nuestra parte, ni posibilidad de formular objeciones ni señalar errores, porque no se nos daba de ellos vista. Si allí­ se me atribuyen las palabras a que se refiere el articulista, una vez más fueron mal entendidas por el intérprete alemán Gross, buena persona, a mí­ parecer, pero hombre sin cultura; y esto segundo ya no es una apreciación mí­a, sino que tiene objetividad y valor universal, como podí­a decir el «filósofo» a que se alude elí­pticamente en el artí­culo. El profesor Tovar, con su gran precl sión intelectual, y especí­ficamente de gramático, así­ como el barón de las Torres, con su inteligencia natural y su soltura corriente en el uso de la lengua alemana -las dos grandes asistencias con las que, por fortuna, conté-, se desesperaron, como yo, más de una vez, al ver la incapacidad de Gross para recoger cualquier matiz, tanto al trasladar nuestras reflexiones a los alemanes como cuando nos exponí­a las suyas. Lo que yo dije en realidad en aquella breve conversación en el vagón de Ribbentrop es que no «habí­amos» -plural- entendido bien el alcance de las manifestaciones de Hitler sobre el desembarco en Inglaterra.
Bajo el epí­grafe de «Gran fraude» se hacen en el artí­culo, unas consideraciones sobre el propósito de Hitler de crear una coalición continental contra Inglaterra de la que formaran parte Alemania, Francia, Italia y España, lo que, como afirma el articúlista, no fue posible por los intereses contrapuestos en materia territorial. Después de esta manifestación, que es cierta, Marquina, por su cuenta, transcribiendo unas palabras de Hitler en la conferencia, quiere deducir de ellas que Franco «las interpretó» como una petición de entrada en la guerra. La realidad es muy distinta: no hubo lugar a ninguna interpretación, como no lo hay cuando las actitudes o las palabras son claras -nulla est interpretatio-, según una conocida regla de hermenéutica. Franco no tení­a que llegar a través de ninguna interpretación a saber que Hitler lo que querí­a era -lo que pidió- nuestra entrada en la guerra, pues nos manifestó, de una manera clara y directa, que todo estaba preparado y que habí­a que empezar. Planteamiento este con el que ya se contaba, y la cuestión estaba para Franco en obtener las compensaciones territoriales de constante referencia.
Desde siempre habí­a estado establecida la relación entre la entrada, o no, en guerra, y las concesiones, o no, de territorios. Estas exigencias territoriales Franco las acabó convirtiendo en un seguro contra la intervención en el conflicto armado.
El peso de la Marina
Si Franco, como militar, como casi todos los generales y jefes de nuestros Ejércitos de Tierra y Aire, creyó en la victoria del Eje -creencia compatible, como es sabido, con una polí­tica resistente a entrar en el conflicto-, esa creencia no era tan generalmente compartida por nuestros marinos, de guerra, sin duda por el respeto casi supbrsticioso que siempre tuvieron por la Marina británica. Cuando Franco, en una de las cartas que me enví­a a Berlí­n (véase página 341 de mi libro), me habla de lo complicado que resulta redactar en alemán su carta a Hitler y ponerla a máquina -naturalmente, también en alemán- me dice que ello ofrece grandes dificultades a «los entendidos» y establece una diferencia, que ya siempre continúa, entre «entendidos» e «intérpretes», yo, efectivamente, estando allí­, durante mis primeros contactos con el Gobierno alemán, pensaba cómo se manejarí­a Franco aquí­ para llevar a cabo ese trabajo; en quién tendrí­a a su lado para realizarlo. Beigbeder, que todaví­a era ministro de Asuntos Exteriores y conocí­a bien el alemán, no podí­a ser porque Franco no se fiaba de él. Con posterioridad supe que el autor de aquella difí­cil tarea era el capitán de naví­o don Alvaro Espinosa de los Monteros, autor de importantes servicios en silencio, calladamente, «como pasa el aura las montañas, respirando mansamente», (« ¡qué gárrula y sonante por las cañas! »).
Espinosa de los Monteros era en aquel tiempo agregado naval de nuestra embajada en Roma y allí­, en un viaje oficial, le conocí­, en mi privilegiada residencia de la «Villa Madama». Franco le llamó a Madrid en la ocasión referida, y además de realizar el trabajo que tantas dificultades ofrecí­a (que duró hasta las siete de la mañana), cambiaron, en aquellos dí­as, ampliamente impresiones y reflexiones sobre los planteamientos de estrategia naval que hací­a Espinosa de los Monteros, nada optimista, por cierto, en lo referente ala victoria alemana; pues él, por el contrario, pensaba -ya entonces- que perderí­a Hitler la guerra, por su relativa debilidad en el mar que no podrí­a reforzar con eficacia la brillante flota italiana -una de las realizaciones importantes de Mussolini-, pues tendrí­a poca efectividad en el combate por el deficiente entrenamiento de los marinos de aquel paí­s en relación con la enorme experiencia de los ingleses. Como pronto se demostró en la batalla de cabo Matapán, en la que el acorazado inglés Warspite hundió a los cuatro grandes cruceros italianos Zara, Pola, Fiume y Giovanni de le Bande Nere. (El almirante Fioravanzo, jefe del Servicio de Inteligencia de la marina italiana, cuya amistad cultivaba con eficacia nuestro agregado naval, habí­a publicado antes de esta batalla un artí­culo en la prensa titulado «Dominiamo il Mediterráneo», pero en conversación privada con Espinosa de los Monteros reconocí­a que no era así­.)
Franco, pues, con anterioridad a su entrevista con Hitler, habí­a reflexionado sobre aquellas circunstancias y discutido el tema de la vulnerabilidad de nuestras costas con aquel competente marino y también con el almirante don Alfonso Arriaga, quienes le expusieron su opinión de que Canarias y muchas capitales de nuestras extensas costas quedarí­an planchadas por los bombardeos de la escuadra británica en el contragolpe seguro que darí­an los ingleses ante la conquista de Gibraltar, de tan alto valor estratégico para los alemanes.
Todo ello lo tuvo en cuenta, con indudable astucia, en Hendaya cuando, con intención y cautela, para no irritar, se limitó a preguntar al alemán sobre la batalla de Inglaterra, con la esperanza de oí­r de Hitler los recursos con que podí­a contar para vencer las graves dificultades que se iban a presentar; y si tomó buena nota de la vaguedad y la endeblez de las manifestaciones que aquél hizo, no quiso, para evitar su enojo, reargí¼irle con las razones de los marinos españoles: los Stukas, cuya eficacia suplementaria o complementaria de la defensa artillera de nuestras costas no era bastante, etcétera.
Los hijos del ilustre capitán de naví­o Espinosa de los Monteros -militares tres, en excedencia voluntaria- -están consagrados a la noble y muy legí­tima tarea de dar a conocer la meritoria intervención de su padre en un momento tan delicado y en el que su opinión y consejo pesaron singularmente en las reservas que tuvo Franco en su conversación con Hitler.
Visita a Goering
En uno de los viajes que allí­ hice, precisamente para la firma del «Pacto Antikomintern» -cosa distinta del «Pacto Tripartito», que me negué a firmar-, el principal episodio fue mi visita al mariscal Goering, con el que yo no me habí­a encontrado en ocasiones anteriores. Franco me pidió que solicitara de él una entrevista, aunque sólo fuera por razones y con finalidades de cortesí­a, pues Goering, como es sabido, era un hombre muy importante en el régimen -la segunda personalidad del Reich- y no querí­a Franco que se considerara olvidado o marginado por nosotros. Junto a la imagen suya que anda por ahí­ muy extendida -el hombre de los uniformes y de la pompa-, era campechano, simpático, listo, y,al hablarle yo de nuestras cosas, repitiendo las consabidas razones del estado ruinoso de nuestra economí­a, carencia de armamento, etcétera, él interrumpió mi pequeño discurso, no en términos destemplados, pero sí­ muy concretos y directos: «Bueno, bueno -ine dijo-, usted hace muy bien su papel, pero si yo fuera fí¼hrer no me valdrí­an palabras y promesas y ya habrí­a ocupado España, porque el valor estratégico de su geografí­a nos es indispensable.»
Me acompañaron en ese viaje, ade más del profesor Antonio Tovar (al que más de una vez me he referido, y del que siendo universalmente conocido por su competencia como filólogo creo innecesario hablar otra vez), el también profesor José Santa Cruz Teijeiro, catedrático de Derecho Romano en Valencia, que ha sido decano y vicerrector en aquella universidad, y muy germanista; habí­a estudiado en la Universidad de Friburgo con los profesores Kinkel y el romanista máximo Otto Lenel, autor de la restauración del Edicto perpetuo, de Salvio Juliano, y fue compañero mí­o de estudios de toda la, vida, quien tuvo gran satisfacción en coincidir con Tovar, al que admiraba mucho. Por cierto que este último, Tovar, iba leyendo en el viaje un libro del poeta latino Tí­bulo. Y mi otro acompañante -por mi muy delicada salud en aquellos dí­as- era el doctor Dámaso Gutiérrez Arrese, médico prestigioso y gran amigo, persona inteligente y llena de curiosidad, a quien, tal vez precisamente por contraste -él era liberal-, le llamó mucho la atención todo lo que vio en la Alemania de entonces y especialmente le impresionaron las palabras que me dirigió Goering, y que al regresar comentaba constantemente las cosas del viaje entre su clientela muy amplia y su extenso cí­rculo de amigos, como, en conversación reciente, hemos recordado el doctor Miguel Ortega Spottorno y yo.
Dicho esto, sospecho que a los lectores de prensa les estamos aburriendo y cansando con tanta insistencia en los mismos hechos, matices, distingos subalternos y confusiones, sobre la ya tan manoseada conferencia de Hendaya; y que por mucho interés que queramos dar a estas cuestiones, es lógico que ellos estén más atentos a los grandes y angustiosos problemas del presente y del futuro: la recuperación económica del paí­s, la contención del espí­ritu de violencia que se ha desencadenado, y tantos y tantos más, también en el orden exterior, ante el grado que alcanza la movilización de las superpotencias, pese a declaraciones de dudosa sinceridad sobre la necesidad de reducciones sustanciales en los presupuestos militares, pues la realidad es que las tensiones subsisten y que sigue estando en vigor la fórmula clásica de que la preparación para la guerra es la mejor defensa de la paz.
Tengamos, pues, sentido de la medida y acabemos. Si por alguna razón estuviéramos personalmente obligados a mantener diálogo, tendrí­amos que cambiar el tema, ocupándonos, por ejemplo, del principio de la indeterminación en la fí­sica, de los progresos logrados en orden a la ingravidez del hombre en el Cosmos; o, para seguir más en el plano de controversia en que hemos estado, podrí­amos referirnos, pongo por caso (lejanos y desvanecidos recuerdos de estudios en mi juventud universitaria) a las discrepancias y discusiones que tuvieron lugar entre el eminente profesor alemán Zeumer y la Academia Española con motivo de la reforma de Ervigio al « Liber judiciorum», y sus ediciones.
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Re: españa en la 2 guerra mundial

Notapor GIBRALTARESPAÑOL el Mar Sep 23, 2008 5:28 pm

Tal como hemos podido ir viendo se manejan argumentos contradictorios sobre las verdaderas intenciones del General Franco para la entrada de España en la SGM, todos verdaderas y mas o menos fundamentadas y documentadas, el principal argumento para aquellos que defienden la teorí­a de que Franco no pretendí­a entrar en guerra, es el informe Carrero, tal como relata Serrano-Suñer el embajador alemán le invito a una conferencia en Berchtesgaden para finiquitar la entrada de España en guerra, antes de dicha conferencia el gobierno español se reunió para estudiar que postura tomar ante la insistencia alemana para la entrada en guerra, el entonces ministro de marina D.Salvador Moreno pidió a su jefe de operaciones de Estado Mayor, a la sazón Capitán de Fragata D. Luis Carrero Blanco, un informe sobre la conveniencia de la entrada de España en Guerra, el futuro almirante redactó el documento que a continuación os reproduzco, al cual su ministro solo tuvo que ponerle la firma y presentarlo en aquella reunión que se celebro antes de la partida de Serrano-Suñer, a Franco el informe le impresiono y quiso saber quien habí­a sido su artí­fice a lo que el ministro contesto:
“Mi jefe de Operaciones, el Capitán de Fragata Carrero Blanco.”

el documento es este:
MINISTERIO DE MARINA
SECRETO
EXCELENTíSIMO SEí‘OR:
1.- La iniciación de las operaciones en Grecia, así­ como las noticias relativas a la existencia de tropas alemanas en Rumania, y a la retirada de importantes contingentes germanos del litoral del norte de Francia, hacen pensar en la posibilidad de un cambio en el plan general de guerra establecida, basado en un ataque directo a las Islas Británicas, y en la puesta en ejecución de una acción de gran envergadura en dirección a Palestina.
Todo parece indicar que el objetivo de las operaciones de este invierno es la ocupación del Canal de Suez, atacándolo simultáneamente desde el Este y desde el Oeste.
2.- La situación actual de la guerra pudiera resumirse en los siguientes términos:
a) Se ha desistido, al menos hasta que pase el invierno y vuelvan los buenos tiempos, del desembarco en Inglaterra. La guerra en el Norte se manifestará exclusivamente en acción de agotamiento de las Islas Británicas, con bombardeos aéreos pertinaces a puertos y regiones industriales e intensa acción naval (submarinos, aviones y fuerzas de superficie, cuyas posibilidades de actuación han sido considerablemente favorecidas por el mejoramiento de la situación geográfica del Reich producido por la ocupación del litoral continental) contra las comunicaciones marí­timas británicas.
b) Al alargarse la guerra, y dada la actitud de solidaridad de los EE. UU. respecto a Inglaterra, el problema militar del Eje queda, en cierto modo, en un segundo plano respecto a la importancia del problema económico de Europa entera. Se hace necesario, indudablemente, que Europa pueda vivir prescindiendo de los recursos de ambas Américas, todo el tiempo que sea necesario hasta la terminación de la guerra y para ello es indispensable proceder a una profunda reorganización económica del viejo mundo, explotando y dosificando racionalmente los recursos de Europa, de la mayor región posible de la parte norte de África y del Asia occidental, y esto exige como cuestión fundamental arrojar a los ingleses del Mediterráneo y, quizás también, contar con la cooperación de Francia.
La acción polí­tica (entrevista del Fí¼hrer con el mariscal Pétain) parece dirigirse en este último sentido, y en cuanto a la acción militar y diplomática, ambas parecen encaminadas a dominar el Mediterráneo.
3.- El dominio efectivo de este mar, convirtiéndole en una especie de Báltico al margen de la acción de las fuerzas de superficie inglesas, pues las submarinas siempre tendrán posibilidades de actuar, ya que una obstrucción submarina completa del Estrecho es posible que no se pudiera realizar al menos en mucho tiempo, exige la ocupación de sus dos accesos: Canal de Suez y Gibraltar.
4.- Ante esta situación, basada, es cierto, en elementos de juicio seguramente incompletos, pero que aprecio muy próxima a la real, considero mi deber someter al elevado juicio de V.E. mi punto de vista en orden a una orientación general del plan de acción naval en el caso en que los altos intereses de España, providencialmente en manos de V.E. conviniera nuestra intervención en la guerra.
5.- La ocupación de Gibraltar, o al menos la inutilización de su base naval, requiere, indudablemente, la entrada de España en la guerra al lado, claro está, de las potencias del Eje.
Ahora bien, al entrar España en la guerra frente a Inglaterra es evidente que perderí­amos las comunicaciones a través del Atlántico, como las perdió Alemania desde el momento de comenzar el conflicto no obstante disponer de una fuerza naval muy superior a la nuestra. El petróleo, la gasolina, el trigo, y cuantos recursos indispensables para la vida de la nación llegan con más o menos dificultades desde América quedarí­an cortados. Estos recursos no podrí­an llegar por el Mediterráneo, porque tendrí­an que proceder del mar Negro, y mientras los ingleses estén en Alejandrí­a las comunicaciones marí­timas en el Mediterráneo oriental están también cortadas, y no nos quedarí­a, por lo tanto, otra comunicación para abastecer a la nación de ví­veres, combustible y material de todas clases, que el ferrocarril con Alemania a través de Francia, comunicación ésta a todas luces insuficiente, aún suponiendo que Alemania disponga de lo que nosotros necesitamos en la cantidad suficiente para proporcionárnoslo.

6.- Es evidente que, en estas condiciones, la intervención de España no solamente no reportarí­a ventajas al Eje, sino que, por el contrario, le ocasionarí­a un considerable perjuicio, al tener que atender a nuestras necesidades (que entonces ya serí­an las suyas) acrecentadas por la guerra sin disponer de las comunicaciones indispensables. Por otra parte, la cuestión de Gibraltar es, en cierto modo, secundaria en orden a la influencia de Inglaterra en el próximo Oriente, mientras cuente con el mar Rojo y el Canal de Suez para sostener a las fuerzas de tierra, mar y aire, que operan en la región.

7.- Parece desprenderse de éstas que, por una razón casi de imposibilidad material, España no intervenga en la lucha en tanto que el canal de Suez esté en poder de los ingleses

8.- Ahora bien, el dí­a que el canal de Suez sea ocupado por las potencias del Eje, la situación cambiará completamente de aspecto. Inglaterra será desalojada del próximo Oriente, y para que el Mediterráneo quede completamente fuera de la acción de las fuerzas navales inglesas y puedan ser plenamente aseguradas las comunicaciones a través de dicho mar, lo que será necesario para conseguir la ordenación económica del viejo mundo, será preciso inutilizar la base naval de Gibraltar, lo que exigirá la intervención de España en la guerra.
9.- Esta intervención no tendrá en tal caso los inconvenientes señalados en el punto 5, pues disponiendo del Mediterráneo se podrí­a aprovisionar a España por ví­a marí­tima a través de este mar, con plena garantí­a, una vez que quedara en el Estrecho de Gibraltar.
10.- En resumen, todo parece indicar que, antes de la citada caí­da del canal de Suez, España no entrará en la guerra, pero que tan pronto como dicho canal pase a poder de las potencias del Eje cambiarán fundamentalmente los aspectos de la cuestión, y cabe pensar que V.E. decida nuestra intervención en el conflicto.
11.- La situación, en tal caso, serí­a, en su aspecto general, la siguiente:
a) Nuestras comunicaciones marí­timas por el Atlántico quedarí­an absolutamente cortadas e incomunicadas las Canarias y Guinea con la Pení­nsula.
b) Es posible que Inglaterra, al perder sus bases del Mediterráneo trate de apoderarse de Azores y Cabo Verde, para asegurarse sus comunicaciones atlánticas; de Canarias con el mismo objeto y para mantener bases de submarinos con los que operar en el Mediterráneo, pues aunque el Estrecho quede cerrado a los buques de superficie, nunca podrá cerrarse de una manera absoluta a los submarinos, y puede que también de alguna posición en la costa de Portugal, posiblemente el mismo propio de Lisboa, resucitando la posesión excepcional de Torres Vedras, si bien con las modernas armas no tendrá las mismas caracterí­sticas defensivas que al principio del pasado siglo.
c) España quedarí­a con su litoral cantábrico-galaico y del golfo de Vizcaya en vanguardia del dispositivo europeo, y con Canarias y Guinea fuera del mismo y sin enlace posible con la metrópoli.
12.- La misión principal de España, consistirá en mantener cerrado el Estrecho por medio de la doble acción de artillerí­a en la costa y de fuerzas de flotilla en la mar. Al Este de este dispositivo ofensivo, la Marina tendrá que asegurar la protección antisubmarina de las comunicaciones mediterráneas como cuestión fundamental, pues de ellas dependerí­a exclusivamente la vida del paí­s y que, por estar más próximas al Estrecho de Gibraltar, con mayor intensidad sufrirí­an los ataques de submarinos ingleses.

13.- Nuestro litoral del Atlántico quedará expuesto a los ataques ingleses, y en este orden de ideas los lugares más interesantes a defender son:
- La zona industrial de El Ferrol del Caudillo, atacable por aviones, pero bien defendida contra los buques.
- La zona industrial de Bilbao, atacable desde el mar y desde el aire por aviones procedentes de portaviones.
- El puerto de Avilés (zona Carbonera).
- La lí­nea de cabotaje (tráfico de carbón) Avilés-Bilbao, que serí­a indispensable, porque las comunicaciones terrestres probablemente no darán el rendimiento necesario para abastecer en la proporción debida los altos hornos de Bilbao.
- La zona industrial de Cádiz (factorí­a de San Carlos).
- Es posible también, aunque menos probable, que los ingleses intentaran algo contra las Rí­as Bajas, absolutamente indefensas en la actualidad; pero esto dependerí­a de la situación con Portugal.
14.- Es evidente que la defensa del litoral del Norte no puede confiarse a nuestras fuerzas de superficie, enormemente inferiores a las inglesas. Su rendimiento serí­a absolutamente nulo, o quedarí­an encerradas en El Ferrol o serí­an fácilmente destruidas por fuerzas tres o cuatro veces superiores, sin sacar ningún provecho de unos buques que tienen su papel especí­fico e indispensable en la protección antisubmarina del tráfico en el Mediterráneo. Por otra parte, en las condiciones que habrí­an de presentarse ninguna fuerza de superficie de alguna importancia podrí­a operar desde Ferrol, porque no habrí­a medio de abastecer de combustible a dicha base.
15.- Ferrol tendrá que ser simplemente base de submarinos, cuyas necesidades en orden de combustible son mucho menores. Ferrol es además una magní­fica posición para atacar desde ella las comunicaciones inglesas.
16.- La pesca, aspecto sumamente importante para nosotros, quedarí­a notablemente perjudicada y limitada aún con riesgos, a las proximidades de la costa, pues sin poder naval no puede protegerse la explotación de las riquezas del mar, que es una manifestación del ejercicio del dominio del mismo.
17.- Como consecuencia de cuanto antecede, considero previsión que someto a la alta consideración de V.E.:
a) Establecer en Ferrol las minas necesarias, dentro de nuestras escasas posibilidades, para proteger Ferrol, Avilés, Bilbao y las Rí­as Bajas.
b) Hacer “stock”de diesel-oil en Ferrol para submarinos.
c) Artillar como se pueda Bilbao, Avilés, el litoral entre ambos puertos para proteger en lo posible el cabotaje de carbón y las Rí­as Bajas
d) Disponer de defensa antiaérea de Ferrol y Bilbao, principalmente.
e) Destinar a la región del Norte a nuestros submarinos y prever la llegada de submarinos aliados a Ferrol.
f) Prever el armamento de los pesqueros de la PISBE, que estarí­an encargados del rastreo de la canal de seguridad de Ferrol y, posiblemente, de la protección inmediata contra submarinos del cabotaje del carbón.
g) Prever la defensa con minas de Cádiz y el armamento de pesqueros para mantener la canal de seguridad de dicha base.
h) Prever la utilización de Cádiz como base de submarinos aliados. El abastecimiento de combustible podrí­a haberse realizado desde el Estrecho, una vez caí­do Gibraltar, pero también cabe pensar en el traslado rápido de alguno de los depósitos de la factorí­a de Ceuta, cuya destrucción por el fuego de Gibraltar es más que probable dada su posición.
i) Artillar Cádiz y dotar de defensa antiaérea la factorí­a industrial.
j) Estudiar, de acuerdo con los Ejércitos de Tierra y Aire, la intervención de la Marina en el dispositivo ofensivo del Estrecho de Gibraltar.
k) Destinar nuestras fuerzas de superficie a la región del Estrecho (base de Cartagena y Cádiz) y a la protección contra submarinos del tráfico.
l) Con respecto a la pesca, cabrí­a prever el desplazamiento con oportunidad de parte de la flota pesquera del Norte al Mediterráneo.
m) Prever la evacuación de las poblaciones civiles de Ceuta, Algeciras y Tánger y el artillado de este último puerto.
18.- En lo que a minas se refiere, nuestra situación actual es la siguiente:
Departamento Listas Armamento Construcción
Ferrol: 916 - -
Cádiz: 207 178 452
Cartagena: 302 463 1.994
Baleares: 548 - -
_________________________________
Totales: 1.973 641 2.446
Conviene dar carácter de máxima urgencia al alistamiento y construcción de las que están pendientes pues aún todas listas, 5.060 minas es un número muy por debajo de nuestras necesidades.
19.- Con respecto a las Islas Canarias, las minas no tienen aplicación, a causa de la proximidad a la costa de los grandes fondos, y en lo que a fuerzas navales se refiere, sólo podrí­an actuar como elemento complementario de un conjunto de defensa de costa cuya base principal tiene que ser una defensa artillera de grueso calibre que no existe.
20.- Si los ingleses intentaran algo contra las islas, lo harí­an con fuerzas similares a las que enviaron contra Dakar, y si Dakar rechazó el ataque fue principalmente por la artillerí­a de 406 milí­metros del Acorazado francés “Richelieu”, los submarinos y la aviación. Destinar fuerzas ligeras y en escasí­simo número como las nuestras para rechazar un ataque de acorazados es destinarlas a ser destruidas sin rendir lo más mí­nimo a la defensa o a la ridí­cula actitud, que no se soportarí­a fácilmente, de permanecer en puerto siendo blanco de las iras de la gente que, por lo general, no entiende de las cosas de mar y concede la misma importancia a un cañonero que a un “drednought”.
Si se mandaran a Canarias fuerzas de superficie y se produjera el ataque de una agrupación inglesa en la que habrí­a acorazados, como no hay artillerí­a gruesa en la costa, éstos, fuera de todo peligro, bombardearí­an, el clamor popular pedirí­a la salida de nuestros buques y se producirí­a exactamente el caso de Santiago de Cuba. Los buques saldrí­an y serian destruidos, sin conseguir con su sacrificio el más mí­nimo beneficio a la defensa de las Islas, y nos quedarí­amos sin unas unidades que, aunque escasas e incompletas, podrí­an cumplir su misión en la protección del tráfico mediterráneo, cuyo papel tendrí­a que ser desempeñado, en su defecto, por unidades aliadas, con el consiguiente desprestigio de España.
21.- De estar conforme V. E., procederé con la máxima urgencia a tomar las medidas necesarias para la realización del plan que he tenido el honor de exponer a V.E. de una manera sumaria en los puntos anteriores.
Dios guarde a V.E. muchos años.
Madrid, 11 de noviembre de 1940. - Firmado y rubricado: Salvador Moreno.
Excelentí­simo señor Jefe del Estado y Generalí­simo de los Ejércitos.
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Re: españa en la 2 guerra mundial

Notapor GIBRALTARESPAÑOL el Mié Sep 24, 2008 12:40 pm

Hoy cuelgo mi último post sobre la entrevista de Hendaya, hemos visto como dos opiniones se han debatido, la oficial del franquismo que se vanagloriaba de que Franco no cedió a las pretensiones del "Amo de Europa" y la que acusaba a Franco de querer entrar en guerra, ambas razonadas y documentadas, el informe Carrero ciementó las tésis franquistas, pero estudios posteriores alumbraron nuevos documentos, hoy veremos reproducido el Protocolo Secreto que si se firmo en la entrevista de Hendaya en 1940, el mismo que Serrano dijo en 1978 que el no habí­a firmado, se recupero después de la guerra y se hizo público en 1960, este documenta justifica plenamente y da sentido a la visita posterior de Serrano a Alemania, a modo de conclusión dejo este articulo del historiador Cesar Vidal, que describe perfectamente esa postura de "si quiero pero ahora no puedo ¿que me dariais a cambio?"
que parece ser es la que mantuvo el gobierno de España.
P.D. Hubo otro pacto secreto en 1943 para la entrada en la guerra a favor del Eje pero esa sera otra historia

El episodio de la firma de un pacto con Hitler serí­a ocultado en la postguerra en la esperanza de que el documento hubiera desaparecido en el curso de los bombardeos aliados que asolaron Alemania. Con ello, se pretendió cimentar la leyenda de un Franco que habí­a resistido firmemente las presiones de Hitler para entrar en guerra. El mismo Serrano Suñer silenciarí­a durante años la existencia de este documento diplomático para no ocasionar perjuicios a la labor de su cuñado. Se trató, sin duda, de una conducta no exenta de generosidad dada la actitud, no precisamente generosa, que el régimen tuvo con él a partir de mediados de 1942. Sin embargo, el protocolo secreto suscrito entre Hitler y Franco no fue destruido durante la guerra. En 1945 fue requisado junto con otros documentos por las tropas aliadas (que los devolverí­an en 1958 a la RFA) y en 1960 fue publicado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Su texto decí­a lo siguiente:
“Hendaya, octubre 23, 1940.

Los Gobiernos italiano, alemán y español se han mostrado conformes en lo siguiente:
1. El intercambio de opiniones entre el Fí¼hrer del Reich alemán y el Jefe del Estado español, siguiendo a esto conversaciones entre el Duce y el Fí¼hrer así­ como entre los ministros de Asuntos Exteriores de los tres paí­ses en Roma y Berlí­n, ha aclarado la presente posición de los tres paí­ses entre sí­, así­ como las cuestiones implí­citas al modo de llevar la guerra y que afectan a la polí­tica general.
2. España declara estar dispuesta a acceder a la conclusión del Pacto Tripartito en septiembre 27, 1940 entre Italia, Alemania y Japón, y a este fin firmar, en la fecha que sea fijada por las cuatro Potencias unidas, un protocolo apropiado que contemple su actual acceso.
3. Por el presente Protocolo, España declara su conformidad al Tratado de Amistad y Alianza entre Italia y Alemania y al mencionado Protocolo Secreto complementario de 22 de mayo de 1939.
4. En cumplimiento de sus obligaciones como aliada, España intervendrá en la presente guerra al lado de las Potencias del Eje contra Inglaterra, una vez que la hayan provisto de la ayuda militar necesaria para su preparación militar, en el momento en que se fije de común acuerdo por las tres Potencias, tomando en cuenta los preparativos militares que deban ser decididos. Alemania garantizará a España ayuda económica, facilitándole alimentos y materias primas, así­ como a hacerse cargo de las necesidades del pueblo español y de las necesidades de la guerra.
5. Además de la reincorporación de Gibraltar a España, las Potencias del Eje que, en principio, están dispuestas a considerar, de acuerdo con una determinación general que debe establecerse en África y que puede ser llevada a efecto en los tratados de paz después de la derrota de Inglaterra —que España reciba territorios en África en extensión semejante en la que Francia pueda ser compensada, asignando a la última otros territorios de igual valor en África; pero siempre que las pretensiones alemanas e italianas contra Francia permanezcan inalterables. (Nota escrita a máquina al pie del documento que dice lo siguiente: El texto original dice: “protegiendo así­ cualquier reclamación alemana que sea hecha contra Francia”, y fue corregido en la forma que figura arriba por la mano de su Excelencia el ministro Ciano).
6. El presente Protocolo será estrictamente secreto, y los aquí­ presentes se comprometen a guardar su más estricto secreto, a no ser que por común acuerdo decidan hacerlo público. Hecho en tres textos originales en italiano, alemán y español”
.

Aparentemente, Hitler podí­a darse por satisfecho de la entrevista celebrada en Hendaya. Mediante un protocolo secreto —lo que, lejos de ser un inconveniente, no carecí­a de ventajas como la del elemento sorpresa— España manifestaba su disposición a adherirse a la conclusión del Pacto Tripartito, a intervenir en la guerra al lado del Eje una vez que se le proporcionara la ayuda militar y económica necesaria y además se declaraba dispuesta a dar este paso a cambio de Gibraltar y de unos territorios en África que no quedaban explicitados y que, por tanto, no comprometí­an a Alemania en exceso.

Un nuevo error de Mussolini, el archialiado de Hitler, iba a convertir en más imperativa todaví­a la insistencia del Fí¼hrer para que España entrara en guerra. Pese a las presiones, la postura española no varió.
El 28 de octubre de 1940, el mismo dí­a en que se aplicaban las antisemitas leyes de Ní¼remberg en la Bélgica ocupada y se ordenaba eliminar a los judí­os de la administración de este paí­s, Italia, sin previa declaración de guerra y sin advertí­rselo con anterioridad a Alemania, procedió a invadir Grecia. Semejante acto era, en cierta medida, una venganza de Mussolini porque Hitler, según palabras del dictador italiano, “siempre le enfrenta con el hecho consumado”. Por lo tanto, declaró: “esta vez le pagaré con la misma moneda. Se enterará por los periódicos de que he ocupado Grecia”.

Pasajeramente, el Duce pudo pensar que su vanidad quedaba satisfecha pero los resultados de semejante acción, irresponsable desde todos los puntos de vista, iban a ser desastrosos. A fin de cuentas el dictador italiano habí­a abierto un segundo frente cuando la situación en África distaba mucho de estar resuelta favorablemente para sus ejércitos. Lo que más indignó a Hitler, sin embargo, fue el cúmulo de problemas que la invasión le acarreó. Hitler no pudo ser más tajante al expresar su opinión al Duce: “Desde el punto de vista militar la situación resulta amenazadora; desde el punto de vista económico, en la medida en que afecta a los campos petrolí­feros de Rumaní­a, resulta positivamente aterradora”. No exageraba.

El 11 de noviembre, la flota británica habí­a destruido a la mayor parte de la italiana, anclada en la bahí­a de Tarento. El 14, mientras Hitler mantení­a conversaciones con Molotov en Berlí­n y Coventry era bombardeada salvajemente por la aviación nazi, los griegos lanzaron un contraataque contra los italianos y los obligaron a retroceder. Una semana después, las tropas del Duce, en franco retroceso, se encontraban combatiendo fuera de Grecia y en territorio albanés. No podí­a caber duda. Resultaba imperioso cerrar el Mediterráneo para evitar que los británicos destruyeran el imperio del Duce. Para poder insistir en sus presiones sobre España, Hitler contaba con un arma que le habí­a proporcionado el propio Franco. Siete dí­as después de la firma del protocolo de Hendaya, el 30 de octubre, el dictador español le habí­a cursado una nueva carta.

En la misiva confirmaba al Fí¼hrer su amistad y seguí­a insistiendo en la cuestión de las reivindicaciones españolas en África. Las mismas habí­an quedado recogidas en el documento. Pero tal acción constituí­a un paso que, según él, se habí­a aceptado para no colocar al Fí¼hrer en una situación delicada en relación con el mariscal Pétain. Una vez más, el texto no podí­a ser más explí­cito al respecto: “Ante la necesidad por Vos expresada de acelerar la guerra, incluso llegando a una inteligencia con Francia, que eliminase los peligros resultantes de la dudosa fidelidad del ejército francés de África al Mariscal Pétain, fidelidad que con toda certeza desaparecerí­a si de cualquier modo fuera conocido que existí­a un compromiso o promesa de cesión de aquellos territorios, me pareció admisible vuestra propuesta de que en nuestro pacto no figurase concretamente lo que es nuestra aspiración territorial. Ahora bien, con arreglo a lo convenido, por esta carta Os reitero las legí­timas y naturales aspiraciones de España en orden a su sucesión en África del Norte sobre territorios que fueron hasta ahora de Francia. Con esto España no hace sino reivindicar lo que le corresponde por un derecho natural suyo. Reitero, pues, la aspiración de España al Oranesado y a la parte de Marruecos que está en manos de Francia y que enlaza nuestra zona del Norte con las posesiones españolas Ifni y Sahara. Cumplo con esta declaración un deber de lealtad y de claridad y me complazco en hacerla presente con la confianza que nuestra amistad me permite y aun exige. Vuestro. El Pardo, 30 de octubre de 1940”.

Por aquella época, Hitler ya estaba pensando (¿habí­a dejado de hacerlo alguna vez?) en el desencadenamiento de la guerra contra la URSS, pero no podí­a abandonar al Duce. Por lo tanto, a través de Von Stohrer, Ribbentrop rogó a Serrano Suñer que visitara Alemania. Los españoles no pudieron resistirse a esta imposición. Serrano ha narrado que en aquella ocasión comentó a Franco que si en ese momento no se acudí­a a Berchtesgaden se corrí­a el riesgo de encontrarse a los alemanes en Vitoria. Efectivamente, el ministro español de Asuntos Exteriores partió inmediatamente con destino a Parí­s y el 18 por la tarde llegó a la estación de Berchtesgaden, donde lo esperaban Ribbentrop con su séquito y dos generales. El 19 de noviembre, Serrano volvió a encontrarse con el Fí¼hrer.

Antes de su partida tuvo lugar una reunión a la que asistieron Franco, Serrano, Vigón, Varela y el almirante Moreno. La opinión unánime era que la situación no habí­a variado desde el encuentro de Hendaya en lo suficiente como para que la entrada de España en guerra pudiera ser inmediata. Á‰ste manifestó de manera directa el motivo de haberle convocado. De acuerdo con lo convenido en Hendaya, Hitler deseaba que se fijara ya la fecha de la entrada de España en guerra. Según sus propias palabras, resultaba “absolutamente necesario atacar Gibraltar; lo tengo decidido”. La respuesta de Serrano, que no puede interpretarse en absoluto como una negativa, consistió en señalar los problemas acuciantes con los que en aquel entonces se enfrentaba España.

En primer lugar, los económicos, ya que Gran Bretaña estaba escatimando la concesión de navicerts, un expediente indispensable para poder recibir los enví­os de alimentos de otros paí­ses. De hecho, la sola publicidad del encuentro en Hendaya habí­a tenido como consecuencia el que quedaran bloqueadas 300.000 toneladas procedentes de Estados Unidos que el paí­s necesitaba con desesperación. Cuando el Fí¼hrer insistió en que España no podí­a depender de Gran Bretaña y Estados Unidos, Serrano se vio obligado a responder que, en cualquier caso, ésa era la situación y que además Franco estaba quejoso porque Alemania no enviaba a España ni ayuda militar ni económica, buena prueba de ello era que se habí­a pagado un material para la fábrica de aviones “Heinkel”de Sevilla y el mismo no habí­a sido entregado. El episodio era cierto y Hitler intentó justificarlo arguyendo que España todaví­a no estaba en guerra y que Alemania necesitaba aquel material mucho más. Pese a todo, añadió el Fí¼hrer, en el momento en que entrara en guerra recibirí­a esa ayuda “como durante la guerra civil”.

No terminaron ahí­, sin embargo, las objeciones españolas. A esta situación se añadí­a, según Serrano, el hecho de que la toma de Gibraltar distaba mucho de solucionar los problemas que se daban cita en el teatro de operaciones del Mediterráneo. Mientras no se tomara Suez —argumento bien serio dado que los italianos se hallaban sumidos en abierta retirada en Grecia y paralizados en África— la situación quedarí­a sin resolver. Además, añadió Serrano, el pueblo español estaba demasiado cansado de guerra como para poder embarcarlo en la misma sin el respaldo suficiente. El ministro español pudo apreciar en aquel encuentro que, mientras Ribbentrop era especialmente apremiante en sus exigencias, Hitler resultaba más moderado y se limitaba a insinuar la posibilidad de que dejaran pasar a las fuerzas alemanas por territorio español.

Más de cuarenta años después, Serrano atribuirí­a esa diferencia de comportamiento a un reparto de papeles entre los dos jerarcas nazis. Posiblemente, las razones eran más profundas. Ribbentrop hací­a ya tiempo que estaba inmerso en una polí­tica anglófoba. Actuaba, por lo tanto, en plena armoní­a con su cosmovisión. Por el contrario, el Fí¼hrer seguí­a siendo partidario de llegar a un acuerdo con Gran Bretaña, ya planeaba la invasión de la URSS y sólo insistí­a en la toma de Gibraltar para ayudar a un imprudente, y en retirada, Mussolini. Quizá esa diversidad de orientaciones pueda resultar una explicación más coherente de la diferencia de actuación entre ambos que la indicada por el antiguo ministro español.

De hecho, al ver la resistencia de Serrano, el Fí¼hrer no cayó en uno de los accesos de cólera que habí­an tenido que soportar en aquel mismo lugar el austriaco Von Schuschnigg y el checoslovaco Hacha. Por el contrario, inclinó la cabeza en un gesto que a Serrano le pareció comprensivo y a continuación dio por concluido el intercambio de pareceres. De manera inmediata rogó al español que pasara a una habitación próxima donde estaban desplegados diversos mapas de operaciones. Allí­, Serrano tuvo que soportar una exposición del general Jodl sobre el plan alemán para apoderarse de Gibraltar. Sin duda se trataba de una situación muy delicada pero Serrano siguió manteniendo la postura ya expresada: España era una nación sinceramente amiga de Alemania pero aún no estaba preparada para entrar en la guerra. Ciertamente se habí­a llegado a un punto muerto y el Fí¼hrer decidió dar por terminada la reunión. No obstante, antes de despedirse insistió en que el ministro español volviera a entrevistarse con Ribbentrop.

Al dí­a siguiente, se produjo un segundo encuentro entre los ministros de Asuntos Exteriores alemán y español. En esta ocasión, por vez primera, asistieron los embajadores Von Stohrer y Espinosa de los Monteros. En el curso de la entrevista, los alemanes volvieron a insistir en la necesidad de que el Mediterráneo quedara cerrado ese invierno. Serrano, por su parte, reiteró su mensaje habitual. España era aliada de Hitler pero Alemania debí­a abastecerla si deseaba que ésta tomara una decisión en cuanto a la fecha de entrada en la guerra. Finalmente la entrevista concluyó sin resultados concretos. La respuesta a los anhelos imperiales de Franco estaba totalmente sometida al arbitrio de Hitler pero, ¿resultaba interesante para éste contestar de manera afirmativa? El Fí¼hrer tení­a el deseo, menos vehemente que el de sus generales y marinos que comprendí­an la importancia del teatro mediterráneo, de tomar Gibraltar. Pero para él, semejante operación no constituí­a un tema de suma importancia sino más bien una obligación que habí­a sido descargada sobre sus hombros a causa de los fracasos militares de los italianos.

Los dí­as 20 y 23 de ese mismo mes, fruto de las presiones de Hitler, Hungrí­a y Rumania se habí­an sumado al Eje. Las presiones realizadas por Alemania sobre esos paí­ses habí­an sido mayores, pero resultaba lógico que así­ fuera. Ambas naciones resultaban indispensables para la ofensiva que Hitler preparaba contra la URSS. Pero ése no era el caso de España. Desde la perspectiva del Fí¼hrer, no podí­a tratarse jamás de una situación tan imperativa.

El 22 de noviembre Serrano visitó a Franco en El Pardo para comunicarle el resultado de las conversaciones. Los alemanes deseaban la entrada de España en guerra pero no estaban dispuestos a entregar nada a cambio salvo unas vagas promesas.
El sueño imperial del Caudillo, desde luego, no habí­a conseguido hacerse con un lugar en los planes de Hitler. La cuestión que se planteaba era si habí­a que ceder por miedo a posibles represalias. La respuesta a tales interrogantes vino dada apenas unos dí­as después, el 7 de diciembre, cuando Franco se reunió en el mismo lugar con un enviado de Hitler al que acompañaba Vigón. Se trataba del almirante Canaris. Teóricamente, el marino alemán tení­a como misión presionar a Franco para que permitiera a las tropas de Hitler pasar por el territorio español hasta Gibraltar. En otras palabras, el Fí¼hrer no estaba dispuesto a dar nada a Franco pero tampoco consideraba importante la entrada de España en guerra. Bastaba con que ésta última aceptara que las fuerzas de la Wehrmacht atravesaran su territorio.

Sin embargo, el comportamiento de Canaris fue muy distinto de la misión que se le habí­a encomendado. Así­, el almirante germano se franqueó con Vigón y le comunicó una información de enorme importancia: Franco podí­a optar, si lo deseaba, por una táctica dilatoria sin que ello entrañara peligro alguno. La razón era que Hitler prácticamente habí­a perdido su interés por el escenario mediterráneo, más decidido que nunca a atacar a la URSS.

Desde la perspectiva nazi, la acción de Canaris pudo bordear la traición. Sin embargo, para Franco, semejante información iba a resultar impagable. Si lo deseaba podí­a intervenir en la guerra al lado de Hitler, pero si no lo hací­a su posición no se verí­a tampoco amenazada. Canaris encontró la muerte en 1944 al descubrirse su implicación en la conspiración contra Hitler del 20 de julio de ese mismo año. Cuando este episodio se produzca, el Caudillo hará honor a su deuda con el almirante alemán y otorgará una pensión a su viuda. Fuera cual fuera la cuantí­a de ésta, nunca pudo alcanzar el inmenso papel que Canaris realizó a la hora de ayudar a mantener a España fuera de la guerra.

En resumen, podemos decir que la posición de Franco en relación con la entrada en el conflicto era muy matizada en la época en que se celebró la entrevista de Hendaya. Si Hitler hubiera garantizado la entrega de Gibraltar y la construcción de un imperio español en África, amén de los suministros pertinentes, es muy posible que Franco se hubiera arriesgado a entrar en la guerra; sin esa contraprestación, el Caudillo no veí­a ningún interés en participar en un conflicto que aún no estaba decidido, dado el resultado de la batalla de Inglaterra. Posiblemente tuvo que sopesar el coste que semejante actitud podí­a tener —incluido un ataque alemán— y aceptar algunas concesiones, como la firma del protocolo secreto de Hendaya, pero una vez que supo por Canaris que Hitler no invadirí­a España, su postura favorable a la neutralidad salió fortalecida y ya no variarí­a hasta el final de la guerra.
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INGLATERRA Y ESPAí‘A EN LA SGM

Notapor GIBRALTARESPAÑOL el Mar Sep 30, 2008 11:07 am

Tal como dijo Serrano-Suñer en 1978, el primer ministro de asuntos exteriores de Franco, el coronel Beigbeder, mantení­a una "estrecha linea de comunicación con el embajador ingles en Madrid", lo cual refleja la honda preocupación que para Londres suponí­a la posible entrada de España en guerra, así­ es el gobierno de la "pérfida albión" no reparará en gastos ni esfuerzos para evitar que esto ocurra, a sabiendas que muchos militares de alto rango no simpatizaban mucho con la ideologí­a fascista, siendo profundamente monárquicos a la vez que ferozmente anticomunistas, una mezcla por cierto muy británica, soborno con muchí­simo dinero a diversos generales, aquí­ tenéis los datos:

Gran Bretaña entregó al general Aranda 150 millones de pesetas

Agentes del servicio secreto británico enviados por Winston Churchill sobornaron en 1940 a generales españoles para evitar que Madrid rompiera su neutralidad en la II Guerra Mundial. Por entonces, Hitler todaví­a se paseaba triunfal por Europa y los aliados temí­an que la intervención de Franco diera un nuevo empuje a los alemanes.
Casi 700 millones de pesetas, equivalente en la actualidad a más de 70.000 millones, según los documentos rescatados por un historiador de la Universidad de Edimburgo, fueron utilizados para comprar a los consejeros que debí­an convencer al jefe del Estado de las bondades de no intervenir en el conflicto.
Churchill creí­a que Franco estaba dispuesto a devolver a Hitler la ayuda que le habí­a prestado en la Guerra Civil española. Para evitarlo abrió una cuenta en una delegación de Nueva York de la Corporación de la Banca Suiza.
En mayo de 1940, el entonces primer ministro británico encargó a uno de sus espí­as en Madrid, el diplomático Alan Hillgarth, una misión urgente: comprar a toda costa la neutralidad española. A partir de ahí­, la historia, que el profesor de Historia David Stafford narra en un libro que se publicará en octubre, parece sacada de una pelí­cula de James Bond.
Hillgarth contactó con un millonario mallorquí­n, Juan March, para que trasladara a los altos mandos españoles sus intenciones. «El hecho de que se trate de un hombre que se ha enriquecido con métodos irregulares no afecta el valor que tiene para nosotros», contestó Churchill a las objeciones sobre la honestidad de su contacto en España, Juan March amasó su fortuna traficando durante la guerra civil
MAXIMA URGENCIA.- Los pagos comenzaron bajo la orden de máxima urgencia. Se trataba de entregas periódicas controladas por los servicios de inteligencia británicos. En julio de 1940, según los papeles y transcripciones procedentes de la embajada británica en Nueva York, ya se habí­an repartido los casi 700 millones de pesetas autorizados. Al menos 130 millones de pesetas -de hace más de 50 años- fueron a parar al bolsillo del general Antonio Aranda Mata, uno de los hombres fuertes de Franco en aquella época.
«Estos son los papeles que estábamos esperando. Ahora podemos probar las operaciones realizadas en España y los ingeniosos métodos de Churchill para conseguir influencia. Los documentos son un ejemplo de sus sucias prácticas», denuncia el historiador David Stafford en su libro Churchill y el Servicio Secreto.
Mantener a España fuera del lado de Hitler era fundamental para los aliados.
Ante esa situación, «era absolutamente necesario neutralizar a España», según Lord Blake, historiador de la Universidad de Oxford. Los documentos detallan la prioridad de la operación y las reuniones que Churchill mantuvo con sus agentes para diseñarla personalmente. Además se relatan las actividades relacionadas con el espionaje llevadas a cabo en España por Hillgarth, encargado de coordinar el equipo de inteligencia militar británico en nuestro paí­s.
En la operación, el diplomático inglés contó con la colaboración del agente encubierto Ian Fleming, autor de las novelas de James Bond. A excepción de Aranda, los nombres de los generales españoles implicados no han salido a la luz. Sin embargo, el investigador que ha destapado el caso asegura que entre ellos están los únicos que podí­an influir en Franco.


Más adelante veremos en detalle los planes secretos británicos diseñados para España desde su embajada, ahora os dejo una pequeña reseña de la figura del General Aranda

General Aranda, el gran conspirador
El general Aranda fue el prototipo de conspirador en la primera década de la posguerra española. De configuración netamente antifranquista, fue confundido a veces como visceralmente monárquico, cuando para él la restauración era más una salida pragmática a un posible e inmediato posfranquismo que un sentimiento de rendida lealtad.
Quizá fue el primer militar español de alto rango que mostró su escepticismo sobre las posibilidades alemanas en la guerra. No veí­a a Alemania ni con economí­a ni con población suficientes como para conseguir la victoria frente a los aliados.
Fue muy cortejado por el embajador inglés en Madrid, con quien conspiró casi abiertamente, aunque mantuvo contactos con nazis de relieve como Bernhardt en 1941. En cualquier caso, sus simpatí­as estuvieron siempre del lado aliado.
Quiso entrevistarse, junto con otros militares monárquicos, con Indalecio Prieto en Francia en 1947, aunque el lí­der republicano eludió el encuentro. No obstante, Aranda trabajó en las relaciones entre monárquicos y socialistas que desembocarí­an en el Pacto de San Juan de Luz del 28 de agosto de 1948. Un año después proclamó un manifiesto pidiendo el trono para don Juan de Borbón. Franco le acusó de masón, lo que equivalí­a a la ignominia para el Régimen.


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Re: españa en la 2 guerra mundial

Notapor elijahgolan el Lun Nov 24, 2008 6:15 pm

Saludos.

Bien vayamos por partes.
Si España entra en la IIGM, y el eje gana:
He leido que la participacion hubiera sido similar a la de Italia. Nada mas lejos de la realidad. Y no es que los italianos lo hicieran mal, lo hicieron de acorde con sus recursos y voluntad, que eran pocos, no les falto valr cuando hizo falta, si les falto voluntad. Como poco, el factor humano español estaba fogueado de la GCE, y a acabarla, a pesar de la ruina economica, el material de guerra hubiera bastado para luchar unos meses, y si el eje ayuda, pues hubiera España sido un aliado seguro y eficaz, lo suficienrte para por ej actuar en frentes segundarios. Solo recordemos la actuacion de la Division 250 en Rusia.

Y si el eje pierde la guerra, pues España hubiera entrado en el primer mundo y aprovechado los planes Marshalls.
Hubiera sido un caso similar al de Francia. Recordemos que los republicanos exiliados, fueron un factor de primera importancia en la resistencia francesa, y su ejercito. No descarto hasta la creacion de un ejercito español libre, con los mas de 50.000 republicanos que se hubiera podido reclutar, luchando bajo la bandera española con mandos españoles y material aliado. Si conoceis la aportacion española solo en el seno de la 2 DB francesa, entendereis lo que digo. Luego tras la victoria aliada, la voz española se hubiera escuchado en los foros internacionales. Y si los aliados se hubieran apropiado de las Canarias, no hubiera sido muy dificil, recuperarlas en el plan politico.
Todo esto amen de poder haber facilitado un levantamiento interior en España, que hubiera podido derrocar al dictador.
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Re: españa en la 2 guerra mundial

Notapor juantono carro 001 el Lun Nov 24, 2008 6:41 pm

Pero resulta que Mr. Churchill y Mr. Ike, conociéndo el percal...prefirieron acertadamente dejar tranquilita a España, lamiéndose sus herí­das. Acordando que un gobierno anticomunista en el sur de Europa, serí­a imprescindible, después que en Yalta se repatieran la egemoní­a de Europa, dejando a los rusos el norte, parte del centro y este del viejo continente.

El tí­o del puro sabí­a lo que hací­a, si señor.

Saludos.
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Re: españa en la 2 guerra mundial

Notapor elijahgolan el Lun Nov 24, 2008 8:28 pm

Exactamente.
Resulta, que siglos despues, España aun inspira temor en sus antiguos enemigos, que no han desperdiciado ocasion para evitar un resurgimiento de cualquier atisbo de poder.
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Re: españa en la 2 guerra mundial

Notapor elijahgolan el Lun Nov 24, 2008 8:32 pm

Pero, es posible que las fuerzas españolas libres, hubieran podido influenciar mas en los estado unidenses que en los britanicos.
Y ahi es por donde se hubiera conseguido algo.
Luego estaria si la republica española resurgida estaria mas a la izquierda o mas al centro politico.
Dependeria de la vision de los politicos republicanos, o hasta de los que en España, tras un derrocamiento del regimen franquista, sea por levantamiento o desde dentro del regimen, hubieran influenciado en las decisiones politicas.
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Re: españa en la 2 guerra mundial

Notapor juantono carro 001 el Lun Nov 24, 2008 9:55 pm

Cuestión de pareceres. Yo creo que una república frentepopularista, como la derrocada y derrotada no hubiera podido llegar más al poder en el gobierno, núnca lo hubieran permitido los vencedores occidentales, sino, fijate en Francia e Italia, que aún dominando los comunistas núnca tubieron el poder del gobierno.

Es más se intentó, durante los cuarenta, infiltrando a los maquis, pero núnca estuvieron apoyados por gobierno alguno, sino por los PC de Francia y demás...pero jamás pasaron de ser una molestia para la Guardí­a Civil, y si hubieran querido los yankees, ingléses y francéses, hubieran terminado con el régimen de Franco tán sólo con chascar los dedos, pero les era primordial tener un paí­s con un gobierno acérrimo anticomunista como el español.

También si hubieran querido, durante la Operación Torch en el norte de Africa, los aliados hubieran invadido el Marruecos español y las Canarias, amén de dar un "saltito" y plantarse en la Pení­nsula, ya que en 1.943 España tení­a un ejército, precario, mal armado y con unos equipos de los años veinte. Y si hablamos del material pesado, ni te cuento; T-26B, Pz-I, BA-6, con una artilleria bastante pasada, aunque de todo el material terretre era la que salvaba la cara, pero toda remolcada por sangre o por camiones, nada de ATP.

Y en aviación...que te digo...CR-32, algunos BF-109E, Fiat G-50, Chatos, Ratas, Rasantes, Katiuskas, Gobin Delfin, etc... toda una amalgama más parecia la aviación del circo Klonen.

En el mar, una armada, bastante vieja, de la que únicamente el Canarias y el Almirante Cervera se salvaban, además sin submarinos, de los que contabamos con apenas tres o cuatro unidades, y alguna lancha rápida alemana.

Con estas FAS no hubieramos resistido ni medio embite aliado...

Saludos.
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España en la II Guerra Mundial

Notapor galgo el Vie Ene 22, 2010 9:54 am

:b1
Elucubremos un poco con el papel de España en la II Guerra Mundial, sino no hubiera existido la Guerra Civil...

¿Podrí­a haberse mantenido neutral?.....

o, por el contrario, debido a su interés geográfico, hubieramos sido invadidos por Alemania????????????, contra la cual poco podiamos oponer.
Saludos

Editado armada62. Has abierto dos veces el mismo tema. Te borro uno
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Re: España en la II Guerra Mundial

Notapor Argan el Vie Ene 22, 2010 11:43 am

La España de la II República habí­a renunciado a la guerra constitucionalmente, y de hecho llevaba a cabo una polí­tica de demolición de las FAS, especialmente del ET, sistemática. Incluso con un gobierno del Frente Popular, y por cierto más izquierdista que el de León Blum en Francia, hubiera intentado mantenerse al margen. Alemania, de verse obligada a disponer de los puertos españoles, o a cerrar el Mediterráneo, habrí­a invadido la pení­nsula, pero no sistemáticamente tras la caí­da de Francia.
Un saludo
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Re: España en la II Guerra Mundial

Notapor galgo el Vie Ene 22, 2010 12:14 pm

:b1
Gracias Armada62
A eso iba, invadiendo España y Gibraltar, por supuesto, se hací­an con el control del Mediterráneo y el norte de África, y???????????... Portugal, vamos una situación parecida a la Guerra de Independencia. jeje!!!, se ejecutaria entoces el desembarco en Normandí­a, o se empezarí­a la liberación por España????

Lo interesante hubiera sido la posguerra....
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Re: España en la II Guerra Mundial

Notapor Argan el Vie Ene 22, 2010 2:26 pm

Caso de haber sido España invadida, y conquistada por el Eje, resistencias aparte, a lo mejor hubiera habido un desembarco en alguna parte de Andalucí­a o en Portugal, en vez de en Sicilia y en Italia. El desembarco de Normandí­a se hubiera producido igualmente, ya que es el camino directo hacia Alemania, y lo más cercano a Inglaterra, base y cuartel general aliado.
La postguerra, suponiendo que no hubiera habido en España un gobierno de Vichy, o incluso si si hubiera existido, con una historia parecida a la de la Francia ocupada, habrí­a sido similar a la de el resto de la Europa occidental, es decir, Plan Marshall, OTAN, etc. Y durante la guerra una devastación y mortandad igual a la de estos paí­ses, mayor que la que hubo en nuestra guerra civil.Saludos.
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Re: España en la II Guerra Mundial

Notapor Gus el Vie Ene 22, 2010 11:33 pm

Buenas,

yo diria que lo mejor seria unir este tema con el que ya habí­a por aquí­ ¿no? :wink: :

viewtopic.php?f=7&t=736



Saludos



Tienes razón.
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Re: españa en la 2 guerra mundial

Notapor Argan el Sab Ene 23, 2010 9:26 pm

Cuando alguien lleva razón, lo correcto es darsela. Solo añadir que este hilo era desconocido para mi. Saludos.
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