Algunas historias de la cárcel de Alicante

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Algunas historias de la cárcel de Alicante

Notapor manuelmas el Jue Jul 30, 2009 10:45 am

Durante la guerra civil, la cárcel de Alicante debió ser un lugar tan espeluznante y terrible como otros muchos similares de cualquiera de los dos bandos.

Durante muchos años recopilé historias acaecidas allí­ por tres de sus protagonistas - dos presos y un aprendiz de barbero que los atendí­a - así­ que me permito reproducir algunas de las que considero más interesantes.

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El último afeitado de José Antonio Primo de Rivera

El entonces aprendiz de barbero de 16 años de edad, todaví­a vivo, y jubilado hace pocos años, me la contó en varias ocasiones. Yo era uno de los muchos clientes de su barberí­a, que hací­a esquina en la plaza de correos de Alicante.

“Era la tarde del 19 de Noviembre de 1.936, y uno de mis servicios de barberí­a era para José Antonio Primo de Rivera. Era un hombre de exquisita educación, y correctí­simo trato. Cuando fui a afeitarle, me dijo: apúrame bien, que mañana me fusilan de madrugada, y quiero tener buen aspecto.

También pude hablar al dí­a siguiente con algunos del pelotón de fusilamiento. Uno de ellos me dijo: mira la gabardina que tengo. Era preciosa, de una tela de gran calidad y una confección perfecta. Aquella gabardina la llevaba José Antonio. Cuando le Á­bamos a fusilar se dio cuenta de que yo la estaba mirando. Se la quitó, me la dio, y me dijo: quédatela ahora. Dentro de un momento estará llena de agujeros y de sangre”

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José Garcí­a

“A determinada hora, nos hací­an formar a todos los presos en el patio. Habí­a una lista diaria, y decí­an algunos nombres. Eran los que iban a “pasear”o a fusilar. Nombraron a José Garcí­a. No dijeron el segundo apellido. Habí­a dos presos con ese nombre, el padre y el hijo. Los dos estuvieron insistiendo en que “José Garcí­a soy yo”, evidentemente en un heroico y terrible esfuerzo para salvar la vida del otro. Todos los presos tení­amos el alma encogida observando la trágica escena. Al final, el miliciano encargado de pasar lista dijo: bueno, pues si no se ponen de acuerdo, nos llevamos a los dos. Y el padre y el hijo fueron fusilados juntos”.

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El coronel

“Los presos despreciábamos al Coronel (era el jefe del Regimiento de Infanterí­a de Alicante, que estuvo dudando si sublevarse o no el 18 de Julio, y cuando finalmente lo hizo fue demasiado tarde, lo que provocó el fracaso del alzamiento en la ciudad). No le dirigí­amos la palabra. Algunos incluso le insultaban o escupí­an. El pobre hombre estaba hundido, destrozado. Un dí­a, no soportando más la tensión, nos dijo: dejadme en paz, puede que algunos de vosotros, con suerte, no seáis fusilados, y sobreviváis a la guerra. Pero mi destino es la muerte, sin duda. Si no me fusilan los rojos por haberme sublevado finalmente, lo harán el dí­a de mañana los nacionales por haber dudado tanto. Pocos dí­as después, fue fusilado por los rojos, y dejó de sufrir”

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Los bombardeos aéreos

“Algunas veces, aviones nacionales procedentes de las Baleares, bombardeaban Alicante. Los presos temí­amos especialmente aquellos bombardeos. Cuando, como consecuencia de los mismos, habí­a bajas en la población civil, los rojos hací­an “sacas”de presos como represalia, varios por cada civil muerto, y los fusilaban.

Así­ que cuando empezaban a sonar las sirenas, los antiaéreos y las explosiones de las bombas, nuestro terror era insuperable”

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Favor devuelto

“El preso X tení­a todas, todas, todas las papeletas para ser fusilado. De hecho, habí­a sido detenido por las autoridades republicanas ya en Abril, varios meses antes de comenzada la guerra, junto con unos 20 o 25 dirigentes de Falange Española tales como José Antonio, Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma, etc.

X no solo era uno de los máximos dirigentes de Falange en Alicante, sino que habí­a sido el último alcalde de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en su pueblo, jefe de Acción Católica, destacado empresario, etc. Cumplí­a todos los requisitos para no salvarse en zona roja, ni por asomo.

Bien, aunque la gran mayorí­a de los presos eran fusilados sin juicio, o como mucho, siendo juzgados por un “tribunal popular”que despachaba el asunto en minutos, X era de los pocos a los que se iba a juzgar oficialmente. En efecto, el hecho de haber sido detenido ANTES del inicio de la guerra, y de tener una causa legalmente abierta, exigí­a de las autoridades republicanas - que intentaban mantener la ficción ante otros paí­ses de que en su zona se respetaba la legalidad - un juicio en regla.

El resultado de tal juicio no podí­a ser otro para X que la pena de muerte, como igualmente la tuvo su amigo José Antonio - con el que hablaba a menudo en la cárcel - en Noviembre.

X no habí­a sido una mala persona. En el año 29, un obrero de Alicante al que no conocí­a de nada, le pidió un favor. Querí­a adoptar a un niño de la “beneficencia”. Para eso, necesitaba el aval de alguna persona influyente. X le avaló sin dudarlo. Ese obrero, al cabo de los años, era diputado del Frente Popular.

La mujer de X fue a verlo a su casa. Llorando, desesperada, le pidió al diputado que salvara la vida de su marido. El diputado le dijo que ya le gustarí­a, pero que era imposible. Que su marido era una persona demasiado destacada, que tení­a un juicio “legal”pendiente, y que a mucha gente, por mucho menos de lo que su marido era, les mataban sin remedio.

Uno de los dí­as que pasaban la lista para nombrar a los que iban a ser ejecutados, nombraron a X. Aunque el pensaba que antes le juzgarí­an, la verdad es que en el caos de aquellos dí­as no le extrañó que se saltaran el trámite para ejecutarlo directamente. Así­ que confesó deprisa con un cura que también estaba preso, y salió dispuesto a morir.

Cuando estaban subiendo al camión a la docena de presos, un miliciano le dijo a X “tu no, vete”. Y le abrió la puerta de la cárcel a la calle. X no podí­a creerlo, y le temblaban las piernas. Con mucho esfuerzo, después de pensar que le quedaban solo minutos de vida, se fue por la calle. X pudo pasar a zona nacional, y salvar la vida. Un diputado del Frente Popular de Alicante le habí­a devuelto un favor…”

X murió en el año 82, y siempre se le formaba un nudo en la garganta cuando contaba esta historia.
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Re: Algunas historias de la cárcel de Alicante

Notapor TYPHOOM7 el Jue Jul 30, 2009 11:38 am

manuelmas escribió:" Un diputado del Frente Popular de Alicante le habí­a devuelto un favor…”



Y es que un signo polí­tico no hace buena o mala persona a nadie. Aquí­ en Marbella un conocidí­simo falangista disparó en la cabeza a una militante del PSOE en la puerta del Hotel El Fuerte sin importarle que estubiera embarazada. Mi abuelo, que vivió la escena, contaba que el nonato aún se moví­a dentro de su madre muerta.

Por desgracia en una guerra civil como la nuestra suceden cosas horribles, y cuando lees algún acto heroico venga del bando que sea (como lo del diputado alicantino del F.P.) te da que pensar que a pesar de la barbarie existe gente decente que se la juega.

Existe otro caso más o menos similar en Ojén en el que el mismo militante falangista de ántes se dedicaba a darle "ley de fuga" a todos los campesinos hasta que vino el general de La Legión González Badí­a y le contaron lo que hací­a el falangista este de marras por Ojén y alrededores. Pues bien este general marbellero conocí­a a alguno de los sentenciados (él viví­a en La Torrecilla y conocí­a perféctamente a sus paisanos y vecinos) y sabiendo que eran buenas personas que nada sabí­an de polí­tica, cogió al falangista de las pelotas y le hizo un juicio sumarí­simo. Lo fusilaron inmediatamente ya que sencillamente era un sanguinario carnicero que solo buscaba sangre fácil y venganza por motivos que nada tení­an que ver con la Guerra. España lo que menos ha necesitado nunca en su historia son justicieros de pacotilla que se vistan de salvapatrí­as y este general de La Legión lo pilló volando.

Ojalá hubiese habido más González Badí­a durante la Guerra Civil.... o simplemente que la Guerra no hubiese existido nunca.

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Dos valientes servidores de ametralladora roja

Notapor manuelmas el Lun Ago 03, 2009 8:55 am

Esta otra historia me la contó D.P.C., Capitán de Infanterí­a retirado, Medalla Militar Individual, cinco veces herido en combate, tres ascensos por méritos de guerra, falangista de la 1ª Bandera de Castilla (la del Alto de Los Leones y Girón de Velasco, Jarama, Brunete, sacrificio en la toma de Peña Juliana, y vuelta a sacrificar en los naranjales de Burriana).

D.P.C. todaví­a vive, aunque por desgracia, su cerebro ya no está en plenitud de facultades, por la edad que no perdona. Pero tuve el honor de conocerle muy profundamente, y ser buen amigo suyo, durante muchos, muchos años. Tengo muchas de sus historias de guerra grabadas, en varias horas de conversación.

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"A finales del 36, la Bandera habí­a repuesto ya las terribles bajas sufridas en el Alto del León, en la sierra entre Madrid y Segovia (que cambió el nombre por el del "Alto de Los Leones de Castilla" en honor al sacrificio que hicieron estos apenas 400 voluntarios de falange segovianos y vallisoletanos en su mayorí­a, "tapando" el acceso a Castilla a las numerosí­simas milicias del Frente Popular madrileño).

En Madrid, la batalla era dura. Nuestros efectivos eran de tres compañí­as de fusiles (Mauser de 7 mm), y una de ametralladoras (con viejas máquinas "Hotchkiss"). Aún vestí­amos la camisa azul en combate, a pesar de que su color nos convertí­a en blancos fáciles. En nuestros asaltos a la bayoneta a las trincheras enemigas, cantábamos siempre el "Cara al Sol". El enemigo, indisciplinado pero valiente, nos recibí­a con sus himnos "A las barricadas", "La Internacional", etc.

Por aquellas fechas, comenzamos a combatir con internacionales, lo que nos llenó de alegrí­a. Ya no matábamos compatriotas, sino comunistas venidos del extranjero. Aquello nos hací­a sentir mejor.

Recuerdo cuando desbaratamos a la brigada "Lincoln", matando a montones de voluntarios norteamericanos rojos. Cogí­ prisionero a un rubiales muy jovencillo, que apenas hablaba español. Estaba muy asustado, seguramente pensaba que le iba a matar. Le di un pitillo. Le pregunté "¿por que has venido a esta guerra?". El chaval no supo que decirme. Le di un golpecillo amistoso, y después de fumarnos el cigarrillo, lo entregué al mando.

Un dí­a tuvimos que tomar unas posiciones rojas, defendidas por milicianos. Debo decir que casi siempre que nos enfrentábamos a españoles, la lucha era dura. El enemigo no era cobarde. Salvo en los últimos meses de guerra, cuando ya no tení­an moral de combate, nos costaba siempre mucha sangre cualquier acción.

Una de sus ametralladoras de posición, muy bien emplazada, nos tení­a perfectamente enfilados. Cada movimiento nos costaba algún herido o muerto. Poco a poco, fuimos acabando con los puntos de apoyo - fusileros - que mantení­an la posición enemiga. Pero la ametralladora seguí­a allí­, manteniéndonos inmóviles e imposibilitando el avance.

De noche, unos voluntarios nos acercamos a la ametralladora con bombas de mano "Lafitte". Conseguimos llegar a distancia de lanzamiento, inadvertidos, y arrojamos varias al mismo tiempo.

Las bombas explotaron. Nos acercamos a la ya silenciosa máquina. A sus pies, yací­an un soldado (el servidor) y una mujer preciosa, con una larga cabellera rizada y unos pechos que se adivinaban tersos bajo la desabrochada camisa. Aquella valiente habí­a acabado con muchos de nuestros camaradas. No recuerdo que nada de lo sucedido en los tres años de guerra - ni antes ni después de aquello - me marcase tanto como el haber matado a aquella mujer. A veces recuerdo aquella mujer muerta, y me da mucha pena".
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Re: Algunas historias de la cárcel de Alicante

Notapor poliorcetes el Lun Ago 03, 2009 11:01 am

Respeto a todas las personas muertas o asesinadas, y que D*s se ocupe de los asesinos. Lo que me hace hervir la sangre es la gente que hoy miente sin rubor y por puro interés comercial, como Pí­o Moa. Cuando él y otros de su ralea niegan verdades terribles como lo de Badajoz, no puedo, me sublevo. Mi familia estaba toda en el bando nacional, y a una parte de ella le tocó estar en Badajoz. Cuando entra Yagí¼e, a ellos no les tocaron un pelo, pero vieron y supieron de lo que pasó allí­, y cuando entré en años me lo contaron. Tengo que reconocer que me costó creerlo.

No hay sustituto posible para la verdad, para todas las verdades de aquellos dí­as terribles.
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Re: Algunas historias de la cárcel de Alicante

Notapor manuelmas el Jue Ago 06, 2009 11:10 am

Bueno, sobre lo ocurrido en Badajoz he leí­do versiones de todo tipo. Imagino que la verdadera estará entre todas ellas. No se.

Mira lo que escribe Pérez Reverte el 10 de Enero de 2009 - no se si viene muy a cuanto, o no - en la revista XL semanal:

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Lo bonito del putiferio en el que, poco a poco, nos instalamos con toda naturalidad, es que las pelí­culas de Berlanga empiezan a ser, comparadas con el paisaje actual, versiones sosas de lo nuestro. Eso está bien, pues con algo hay que disfrutar antes de palmarla. Y los periódicos, y los telediarios, y tender la oreja al runrún de cada dí­a, deparan momentos sublimes de juerga moruna. Dirán algunos que de ciertas cosas no hay que reí­rse, pues nada tan virtuoso como la indignación ante la injusticia o la estupidez. Pero uno acaba por asumir lo evidente. En España, la justicia, las virtudes y la indignación ajena importan un huevo de pato. Derechas, izquierdas, nacionalistas y demás oportunistas, ciudadanos de infanterí­a incluidos, cada cual va a lo suyo. Impasible mientras no le toque. El héroe nacional no es don Quijote, sino don Tancredo. De manera que, como analgésico, a veces resulta útil atrincherarse en la risa. Reí­r, según la manera, es también un modo de ciscarse en su puta madre. En la de ellos -rellenen ustedes con nombres la lí­nea de puntos- y en la de los incautos e imbéciles que los engordan.

La última es finí­sima. Buscando los restos de doce republicanos asesinados en el pueblo turolense de Singra, una asociación para la recuperación de la llamada memoria histórica desenterró hace más de un año, por error, treinta y seis cadáveres de soldados muertos durante la Guerra Civil, en la batalla de Teruel. Examinados los restos por un equipo de arqueólogos y forenses, y tras comprobar que allí­ nadie habí­a sido fusilado, sino que todos eran hombres -muchos muy jóvenes- muertos en combate, los bienintencionados desenterradores no supieron qué hacer con tanto fiambre fuera de programa. De haber sido los doce republicanos asesinados, la historia habrí­a salido redonda: homenaje a las ví­ctimas, malvados nacionales y demás parafernalia. Incluso con soldados leales a la República, el asunto habrí­a tenido por dónde agarrarse. Pero se daba la incómoda circunstancia de que los muertos, enterrados en fosa común en el mismo campo de batalla, pertenecí­an tanto al ejército nacional como al republicano. Eran de los dos bandos, mezclados en la barbarie de la guerra y la tragedia de la muerte. Españoles sepultados juntos, como debí­a y debe ser. Como lección y homenaje, deliberado o casual, de sus enemigos y compañeros. Así­ que imaginen el papelón. Nuestro gozo en un pozo, colega. Esto no hay quien lo venda al telediario. Treinta y seis aguafiestas jodiendo el invento.

Pero lo más fino es la solución. Tan de aquí­, oigan. Tan española. Disimula, Manolo, y silba mirando para otro lado. Unas cajas de cartón, el alijo dentro, y los treinta y seis juegos de huesos depositados en las antiguas escuelas del pueblo. Guarden esto aquí­ un momento, háganme el favor, que vamos a comprar tabaco. Hasta hoy. Y mientras escribo esta página, los despojos llevan trece meses muertos de risa, metidos en las mismas cajas, sin que nadie se haga responsable. El alcalde de Singra, que es socialista, anda un poquito mosqueado, diciendo que no está bien tener ahí­ los huesos de cualquier manera; que cualquier dí­a entran unos perros y se ponen ciegos mascando fémures de ex combatientes, y que los de la asociación desenterradora tendrí­an que hacerse cargo del asunto, comprar féretros y sepultar aquel circo como Dios manda. Y los otros, por su parte, llamándose a andana. Diciendo que, como no son los familiares que buscaban, pues que tampoco hay prisa, buen hombre. Ni se acaba el mundo ni nos corren moros, que decí­an los clásicos. La asociación es modesta, no está para muchos gastos, y ya se hará cargo cuando buenamente pueda. Si puede.

Y claro. Uno piensa que, por azares de la vida y de la Historia, quien pudo acabar en esa fosa tan alegremente abierta pudo ser mi tí­o paterno, el sargento republicano de diecinueve años Lorenzo Pérez-Reverte; o el alférez nacional Antonio Mingote Barrachina, que es la bondad en persona, con quien me siento cada jueves en la RAE; o el padre de mi compadre Juan Eslava Galán, que hizo media guerra en un bando y media guerra en otro. Y los imagino a todos ellos, o a otros como ellos, descansando tranquilos y a gusto desde hace setenta años en su fosa común de Singra o de donde sea, bien juntos y revueltos unos con otros, rojos y nacionales, tras haberse batido el cobre con saña cainita y mucho coraje, como Dios manda. Y en eso llega una panda de irresponsables, les pone los huesos al aire y los deja en cajas de cartón, porque en realidad buscaban a otros. Y las quejas, al maestro armero. E imagino sus chirigotas y carcajadas de caja a caja y de hueso a hueso. Fí­jate, compañero. Memoria histórica, la llaman. Hay que joderse. ¿Sabrá un burro lo que es un pictolí­n? Triste y estúpida España, la nuestra. La de entonces y la de ahora. Por esta peña de subnormales no valí­a la pena matarnos, como nos matamos.

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1) Una enfermera - 2) Infanterí­a. Infanterí­a. Infanterí­a.

Notapor manuelmas el Lun Ago 31, 2009 5:38 pm

UNA ENFERMERA

F.F.F. tení­a 16 años recién cumplidos cuando estalló la guerra civil. Viví­a en un pueblo cercano a Madrid, Valdemoro. Era hija única, estudiaba en un colegio de monjas, y su padre era oficial de la notarí­a.

Aún vive, y aunque por desgracia a sus 89 años cumplidos ya no está en condiciones de relatar lo sucedido, afortunadamente para mí­ lo hizo muchas veces hace años, por lo que recuerdo perfectamente todos los detalles.

Cuando estalló la guerra el pueblo estaba en zona republicana, aunque la protagonista de la historia siempre me ha dicho que los mismos milicianos le llamaban con orgullo zona roja. Así­ pues, en muchos de los relatos de la guerra que he publicado, me he referido así­ para denominarla no de forma despectiva, sino siendo fiel al término que los mismos revolucionarios de izquierdas preferí­an utilizar.

Nada más estallar la guerra, las autoridades republicanas liberaron del penal cercano a todos los presos comunes, incluidos bastantes criminales condenados a muchos años de cárcel. Además, les suministraron armas para luchar contra los nacionales o sublevados.

La mayorí­a de los presos junto con bastantes milicianos del pueblo no se dedicaron a ir a luchar al frente, y tení­an varios donde hacerlo, sino que prefirieron ir al colegio de monjas (cerrado por vacaciones en julio), conseguir las listas de las alumnas, y tras localizar a varias, maltratarlas y colgarlas de los árboles de un paseo cercano al colegio. Uno de los árboles tení­a asignado con un cartel el nombre de F.F.F., a la que los milicianos nunca llegaron a coger.

F.F.F. habí­a huido con su padre a una cueva, donde estuvieron escondidos durante algunos meses (por la noche el padre salí­a para conseguir comida), hasta que al cabo de unos meses llegaron al pueblo las tropas nacionales. Ella siempre me dijo “hasta que los nacionales liberaron el pueblo”.

A pesar de sus solo dieciséis años recién cumplidos, y no pudiendo combatir (el ejército nacional nunca aceptó mujeres), se alistó como enfermera voluntaria. Siempre estuvo en puestos de socorro de primera lí­nea, siempre voluntaria en los más cercanos al frente, que otras enfermeras preferí­an rehuir por su peligro. Durante toda la guerra permaneció en servicio.

Las explosiones de la artillerí­a enemiga alcanzaron los puestos de socorro en los que ella sirvió más de una vez. En una ocasión fue seriamente herida por metralla en una pierna. También le alcanzaron pequeñas esquirlas sin importancia en otro par de ocasiones.

Aquellos años la endurecieron, y al mismo tiempo forjaron su carácter. Siempre me contaba lo duro que era estar en los últimos momentos de vida con los soldados agonizantes o mutilados, y tener que consolarlos, apretar sus manos o besarles en la frente cuando iban a morir. Ella recordaba a muchí­simos; jovencillos infantes imberbes, duros legionarios veteranos de la guerra de Marruecos que morí­an cantando “soy un hombre a quien la suerte…”, moros valientes que rezaban a su Dios, y orgullosos prisioneros enemigos que morí­an con entereza, la frente alta y sin miedo, mandando a la mierda a quien les ofreciera un sacerdote para confesar. Siempre consideró su deber atender de la mejor manera posible a todos los que estaban dando su vida por España, de uno u otro lado, aunque ella por supuesto se identificaba con el nacional.

Cuando acabó la guerra, F.F.F. aprobó unas “oposiciones patrióticas”para funcionaria del entonces recientemente creado Ministerio del Aire en Madrid, en el que trabajó hasta su jubilación en 1.985

F.F.F. era guapa a rabiar, como una verdadera estrella de cine de los 40. Viendo sus fotos de joven, ni te lo crees. Se casó y tuvo tres hijas preciosas. Está en posesión de varias medallas por su valor y servicios en el frente. Los militares de aviación de servicio en el Ministerio del Aire le decí­an siempre, medio en serio medio en broma “ya nos gustarí­a a muchos de nosotros (supongo que a todos los que no hicieron la guerra) tener tu historial militar”.

Con mucho cariño y admiración, a F.F.F., que aún vive y siempre está de buen humor.

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INFANTERIA. INFANTERIA. INFANTERIA.

J.F.R. era un tipo simpático e inteligente, sin filiación polí­tica alguna. Era técnico de comercio, y trabajaba en las oficinas de la tabacalera de Alicante. Cuando estalló la guerra tení­a 26 años, estaba casado con una maestra de escuela de izquierdas, y tení­a una hija de dos años.

J.F.R. era uno de esos cientos de miles de españoles a los que no les hizo maldita la gracia ser movilizado y tener que ir al frente. No fue voluntariamente al ejército republicano, ni hubiera ido al nacional si le hubiera tocado en el otro lado. Pero fue movilizado en Alicante, y tuvo que ir.

Primero sirvió unos meses como soldado, pero al tener estudios pudo apuntarse a un curso para oficiales. Aunque no tení­a vocación militar alguna, siempre me contó “bueno, ir al curso de oficiales suponí­a largarse tres meses del frente, y luego tener una paga y unas condiciones de vida un poquito mejores”.

Allí­ coincidió con su amigo P.A., en el mismo curso. El curso era muy rápido - las necesidades de la guerra no permití­an formar napoleones en ninguno de los dos bandos - y aunque habí­a algunas materias comunes a todos los oficiales durante el primer mes del curso, luego habí­a que elegir donde querí­as ser destinado (armas, cuerpos o servicios).

Huelga decir que la mayorí­a de los alumnos no tení­an vocación militar alguna, y aunque por necesidades militares la mayorí­a eran mandados luego a infanterí­a, habí­a un formulario donde podí­an pedir destino por orden de preferencia. Por tanto, casi todos los alumnos pedí­an primero sanidad, intendencia o transmisiones, segundo una de estas, y tercero la otra.

J.F.R. tuvo suerte, ya que al ser de los primeros de la promoción, obtuvo su destino en sanidad, como teniente. También su amigo P.A. Así­ pues, nunca tuvieron que disparar contra nadie en lo que quedó de guerra, aunque estuvieron en el frente de Andalucí­a hasta el final de la misma.

J.F.R. me contó que en el curso hubo un muchacho comunista, idealista y valiente, que en el formulario de destinos pidió “Infanterí­a. Infanterí­a. Infanterí­a”

Este valiente comunista alicantino luchó toda la guerra, y al final de la misma se exilió a Francia, donde se alistó en la Legión Extranjera Francesa, y luchó contra los alemanes en el Norte de África y en Italia. Acabada la SGM siguió viviendo en Francia, hasta que muerto Franco volvió a Alicante.

J.F.R. fue detenido por los nacionales al acabar la guerra, con el grado de teniente de sanidad. Estuvo retenido solo tres o cuatro meses, hasta que los nacionales vieron que no tení­a filiación polí­tica, y lo soltaron. Volvió a trabajar en la tabacalera de Alicante hasta su jubilación.

J.F.R. fue campeón provincial de ajedrez de Alicante cinco veces, durante las décadas de los 40 y 50, en las que alternó sus triunfos con los de Botella, un alcoyano igual de bueno que el.

J.F.R. fue un muy buen ajedrecista, y de haber vivido en estos tiempos hubiera podido dedicarse profesionalmente de ello. Pero no en aquellos años, claro.

J.F.R. ganó a Arturo Pomar, y a otros campeones de España de la época, y de haber vivido en Madrid el mismo hubiera llegado sin duda a serlo. Pero al vivir en Alicante no podí­a dejar su trabajos para jugar los campeonatos nacionales.

J.F.R. llegó incluso a ganarle una partida a un famoso campeón mundial de los 50. Guardo la partida con cariño, con las jugadas (el desarrollo) de la misma.

J.F.R. murió hace ya unos 25 años, pero siempre recordaré como hablaba con admiración de su compañero de curso que pidió en el formulario “Infanterí­a. Infanterí­a. Infanterí­a”
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Re: Algunas historias de la cárcel de Alicante

Notapor Quinto Cecilio el Mar Sep 01, 2009 9:06 am

Poliorcetes:

Sin querer entrar en polémicas, te recomiendo que entres en el blog de Francisco Pilo Ortiz, quizá el mayor especialista actual sobre la guerra civil en la ciudad de Badajoz, conseguido a base de mucho estudio y años de trabajo. En uno de sus libros también recoge opiniones ("Ellos lo vivieron").

También puedes consultar el magno estudio del profesor Gutierrez Casalá "La guerra Civil en Extremadura" donde acomete la ingente tarea de personalizar y sistematizar todos los datos disponibles. Es más bien una obra de consulta.

Cuando uno tiene que tratar lgún acontecimiento, encima si este está revestido de polémica, debe acudir a fuentes, casi imposible salvo que se dedique uno expresamente a investigación, o a autores que proporcionen datos más o menos contrastados según las circunstancias. Si algún profesional de la historia no está de acuerdo con los datos proporcionados por algún bhistoriador o con las funtes de obtención de los mismos, que lo rebata con los suyos propios, por supuesto siempre haciendo mención a las fuentes originales. Mientras tanto, para insultar y descalificar gratuitamente, sin aportar ningún dato, salvo lo que le dijo un señor en el pueblo tal (a veces ni eso) es mejor que muchos sigan editando sus libros subvencionados (subvencionados, repito), que estos vayan al baúl de los recuerdos y que dejen trabajar a los profesionales, sean del signo que sean.

Como anécdota te diré que, con respecto a determinados hechos de la guerra en también determinadas zonas de la provincia de Badajoz, mi padre (era muy niño entonces) me contaba de pequeño unas historias que me metí­an miedo; mi tí­o, con un año de diferencia de edad con mi padre, no recordaba nada de eso, solo que se lo habí­a pasado muy bien; posteriormente me he encontrado personas que juraban la versión del "toreo" en la plaza de toros (fí­sicamente imposible, pues hubiera sido alcanzado el "público") aunque, eso sí­, ellos no habí­an estado, otro que aseguraba haber visto a los legionarios en la brecha de Puerta Trinidad pasando por encima de montones de sus muertos, porque allí­ cayó una bandera entera (14 muertos de la V Bandera, parte recogido oficialmente, con nombres y apellidos de los caí­dos). Los comentarios personales, aun contando con la buena voluntad del que los facilita, siempre serán subjetivos y condicionados por las mismas vivencias de la persona. Pueden servir para crear un cuadro general de estado de ánimo, pero nunca para escribir una historia.

Te pongo otro ejemplo: lee en "El rostro de la Batalla", de Jhon Keegan, obra que sin duda conoces, el apartado correspondiente a Waterloo, con las tremendas dificultades con que tropezó el historiador para crear a través de los testimonios, que incluí­an desde el Duque de Wellington hasta simples soldados, un cuadro completo de la batalla.

Nada más, perdona el "rollo" y no quiero que de ninguna manera lo veas como un menosprecio a tus opiniones o a las de otro. No sé de donde eres, pero si no vives en Badajoz, te recomiendo una visita (no en verano, por Dios) para que, pertrechado de un buen relato de los acontecimientos, puedas visitar los lugares (muy cambiados hoy dí­a) donde se desarrollaron los mismos.

Saludos.
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Re: Algunas historias de la cárcel de Alicante

Notapor poliorcetes el Mar Sep 01, 2009 11:13 am

Me he limitado a citar el testimonio de alguien del bando nacional, de 25 años de edad cuando los hechos. No entro en los motivos que puedas tener para interpretar de mi post mucho más de lo que he dicho. Reitero: ciertos malnacidos no tienen reparo en negar hechos espantosos. No he entrado en detalles, como verás; no hace falta, porque esos bastardos lo niegan todo, de principio a final, a cambio de un estipendio. Claro que si antes uno de ellos fue capaz de matar a un policí­a a martillazos, qué podemos esperar...

Respecto al detalle, mi tí­a no me ha comentado gran cosa respecto a los momentos más "conocidos". Es más, no te niego (ni te dejo de negar) la veracidad de historias como la de la plaza de toros (dejando aparte el hecho de los que bajo ella descansan). Lo que me comentó fue su horror y su vergí¼enza porque "los suyos" hicieran las animaladas que hicieron con la ciudad tomada, sin respetar ni siquiera sagrado.

Mi relación filial y el hecho de que hablara de su propio bando me resultan suficientes para aceptar como bueno lo que me contó. Claro que yo, nacido 40 años y un dí­a después de la república, no tengo "bandos": soy nieto de los que les tocó vivir aquello, y pienso que no hay sustituto ni posible ni aceptable para toda la verdad. Bien lo saben los alemanes, por ejemplo, y más les valdrí­a saberlo a los turcos, por ejemplo.
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poliorcetes
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Guerra Civil ¿¿¿Como abordarla???

Notapor manuelmas el Mar Sep 01, 2009 5:24 pm

Estimados amigos:

Como veréis, es un tema sobre el que me gusta mucho escribir, a pesar de que dadas mis evidentes limitaciones literarias, mejor serí­a que me dedicara a otra cosa. Tengo 45 años, una parte de mi familia era nacional y la otra republicana, y hubo bajas en los dos lados.

Mis dos abuelos, uno de cada bando, se hicieron muy buenos amigos - además de ser familia polí­tica - y se querí­an de verdad.

Durante toda mi vida - y sobre todo, cuando era joven, ya que tení­a la certeza de poder hablar con una generación que pronto iba a desaparecer, o perder su capacidad de razonar simplemente por un proceso natural de envejecimiento - me encantó hablar con cuanto señor/a mayor podí­a sobre el tema.

Además de mis dos abuelos y dos abuelas, varios tí­os abuelos e incluso un bisabuelo y una bisabuela, “cogí­a”por banda a cuantos supervivientes del conflicto podí­a, familiares de amigos o amigos de familiares. Normalmente, habí­a dos clases de ellos, a los que les gustaba hablar del tema, y los que preferí­an no hacerlo. Respetando a los segundos, me solí­a centrar en los primeros, sobre todo en aquellos que podí­an aportar datos o vivencias significativas, siempre fueran del bando que fueran.

En bastantes casos tomé apuntes, y en otros hasta grabé horas de conversaciones.

Por otro lado, he leí­do cuanto ha caí­do en mis manos sobre la guerra. Desde lo publicado por ambos bandos DURANTE o RECIÉN ACABADO el conflicto (siempre parcialí­simo), hasta lo más reciente (otra vez y por desgracia parcialí­simo, casi sin excepción), pasando por lo escrito durante los 60 hasta los 80 (lo mejor, sin duda, en mi modesta opinión). Eso incluye a viejos militantes derechistas o izquierdistas (en cierta forma, los protagonistas del conflicto), a antiguos autores pretendida o realmente neutrales, a historiadores extranjeros (casi todos británicos y algunos bastante neutrales), y a historiadores españoles contemporáneos (de todo hay, pero muy pocos imparciales).

Como tampoco estoy seguro de que mi capacidad de comprensión y análisis sobre el tema sean las adecuadas, no se si las conclusiones a las que he ido llegando son correctas, o no.

Pero aún a riesgo de equivocarme, creo que la guerra civil se deberí­a analizar siempre - para evitar dolorosos enfrentamientos - como un “los dos bandos eran idealistas y nobles, y debemos respetar a ambos por igual”, o bien por un en el fondo muy parecido “como los dos bandos cometieron tantas atrocidades y errores, ambos merecen nuestra más profunda descalificación”. Ese fue un poco el “espí­ritu de la transición”en España, que creo deberí­amos recuperar para tantas y tantas cosas…

Todo lo que sea ensalzar o denostar públicamente a uno de los dos bandos por encima del otro, volver a “buenos y malos”, es un error graví­simo. Se me ocurren párrafos y párrafos - basados en datos objetivos - a favor y en contra de cada uno de los dos.

En el fondo, en ambos lados hubo soldados valientes e idealistas que combatieron con empeño por sus ideas, y canallas que aprovecharon las circunstancias para robar, violar y asesinar a sus enemigos personales o polí­ticos. Como español, me enorgullezco de los primeros y me avergí¼enzo de los segundos, fueran quienes fueran.

Una cosa es que puedas tener una preferencia personal - más o menos objetiva - por uno de los dos, y otra que merezca la pena hacer de eso un motivo de discusión o polémica.

Todo lo que he publicado sobre el tema obedece - o al menos, así­ lo he intentado - a una seria de reglas:

Son hechos ciertos. O al menos yo lo creo, ya que son los que me contaron sus protagonistas. Otra cosa es que el que me lo contó estuviera equivocado, o me engañara intencionadamente. He procurado siempre olvidar o desechar aquellas historias que eran evidentemente interesadas, extremadamente parciales, o básicamente incorrectas.

Por eso, si alguien me contaba que tení­a cuatro laureadas o cinco medallas de la defensa de Madrid, o que el solo ganó una batalla, o que derribaba aviones con granadas de mano lanzadas con una honda, me olvidaba de el como fuente de información, aunque evidentemente pudiera seguir siendo cariñoso o amable, o tomarme con el un café o una cerveza, al seguir apreciándolo como persona.

Me pongo - o trato de ponerme - en la piel del protagonista. Las circunstancias personales de “X”(gran empresario y lí­der de falange) no eran las mismas que las de “J.F.R.”(empleado de tabacalera sin filiación polí­tica), o las de Ramón (militar profesional). Y cuando - sin ser quien para hacerlo - me atrevo a juzgar algo, procuro hacerlo desde el punto de vista del interesado O DE LOS DE SU BANDO, sin que ello quiera decir que yo piense igual que el/ellos.

Por ejemplo, en el caso del dilema moral de Ramón (“Un capitán de infanterí­a”) y de su actuación, cuando digo lo que creo que debió hacer, no me refiero a si eligió o no el bando correcto, sino si DEFENDIí“ EL BANDO EN EL QUE EL CREíA de la forma más efectiva posible, haciendo el mayor daño posible al enemigo, objetivo final de cualquier guerra si se quiere ganar. Me temo que no me expliqué bien, o que los que me leyeron no me entendieron.

De la misma forma analizaré las motivaciones de cualquier militar republicano cuando llegue el caso, tratando de ponerme en su piel o en las de su bando.

No creo que el asunto sea tan baladí­ o simple como para atajarlo con un “todos los nacionales / rebeldes / facciosos eran unos traidores”, o un “todos los republicanos / comunistas / rojos eran unos tal, o unos cual”, salvo que seas un “hooligan”de cualquiera de los dos bandos. Si se llegó a un conflicto tan doloroso, se debió sin duda a un cúmulo de errores garrafales por parte de casi todos los polí­ticos de la época, prácticamente sin excepción.

Creo que la guerra se pudo haber evitado, desde luego, en 1930, con la monarquí­a, si España se hubiera democratizado realmente. También en 1931, proclamada la república (hubiera estado bien que no se hubiera cambiado la enseña nacional, no se hubieran atacado con saña ciertos sí­mbolos e instituciones, etc). Algo más difí­cil hubiera sido evitar la guerra en octubre del 34, cuando con la revolución de Asturias para muchos historiadores ya se hace inevitable. Y desde luego, ya se hace casi imposible evitarla en febrero del 36, cuando gana las elecciones el frente popular y para celebrarlo se vuelve a la quema de iglesias y a mas de 2.000 asesinatos de adversarios polí­ticos antes de julio (incluyendo el de uno de los lí­deres de la oposición sacado en pijama de noche de su casa por… fuerzas de seguridad del estado¡¡¡).

Pero en fin, la historia es la que es. No solo tuvimos la guerra de 1936, sino que en el siglo XIX sufrimos nada menos que otras TRES guerras civiles, e incluso otra - en cierta forma - guerra civil entre españoles afrancesados y patriotas cuando la invasión napoleónica. Aprendamos de los errores de las pasadas generaciones para no repetirlos en el futuro.

Bueno, si se consideran de algún interés mis posts sobre el tema, y mientras nadie me diga lo contrario, seguiré publicándolos. Cordiales saludos a todos, amigos.
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Re: Algunas historias de la cárcel de Alicante

Notapor juantono carro 001 el Mié Sep 02, 2009 1:36 pm

Amigo Mnuelmás;en esta historia del fusilamiento de J.A. Primo de Rivera, ¡¡¡PRESENTE!!! si hubo "malos" más bien hijos de ...

En este pequeño librito,de Alfredo R. Antiguedad, editado por la Inprenta Enerto Giménez en 1.941, que llego a mis manos hace más de cuarenta años ví­a mí­ tí­o Fernando M de R. magní­fico falangista y excombatiente de la División Azul,´en él se narra con explicita verdad, con relatos de excarceleros, el cautiverio y últimos dí­as de la vida del creador de la Falange.

Al final deja claro la autorí­a del PCE, que bajo las directrices directas de Stanlí­n mando matar a ese gran hombre, más socialista que los del PSOE. Sé que apareceran los de siempre, diciéndo esto o aquello...pero como no es el sitio de polemizar polí­tica alguna no voy a entrar a fajarme con nadie...cada cual que quiera creer lo que le apetezca.

Si no lo has leido, mandame por MP tus datos y te remito una fotocopia del librito en cuestión.

Saludos.

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Re: Algunas historias de la cárcel de Alicante

Notapor Quinto Cecilio el Jue Sep 03, 2009 11:09 am

Poliocetes:

Te insisto en que no es mi intención dar lecciones, defender a personas que bien se saben defender solos, ni denigrar el testimonio de nadie.

Me ha parecido que demostrabas interés por unos hechos y te he dado unas fuentes que, al menos a mí­,me merecen mucha credibilidad, aunque en una de ellas no esté de acuerdo con las conclusiones finales.

Te he recomendado que, cuando leas la historia que sea, por ejemplo, para no entrar en polémica, la batalla de Waterloo, acudas a estudios lo más serios posibles - si consideras que el tema lo merece - en los que se haga mención al documento donde figure o, a falta de estos, testimonios autorizados - p.ej: miembros del EM de Von Gneiseau que observan que este ordena al CE del Prí­ncipe Hohenlohe dirigirse al campo de batalla -. Si este es el sistema que observas, mis disculpas por la reiteración.

Te he puesto unos ejemplos, también con componente de parentela, de testimonios distintos sobre una misma época. Si tú aceptas los que te han dado a pie juntillas, es tu problema. Creo que ya tenemos edad y formación suficiente como para tratar de contrastar relatos mí­nimamente. También por mi edad, lamento no poderte dar demasiados ejemplos de este tipo, aunque alguno más sí­ que tengo.

No puedo evitar hacer una puntualización a una frase que dices. En el solar de la antigua plaza de toros se ha construí­do recientemente el Palacio de Congresos. No recuerdo que hayan sacado ningún cadaver ni que, bajo el sótano del mismo, a buena profundidad sobre el anterior suelo, se tenga noticia de que exista ningún enterramiento. Creo que te refieres al cementerio viejo o de San Juan.

Saludos.
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Muerte de Donato

Notapor manuelmas el Mié Nov 18, 2009 8:34 pm

En mi historia "Dos valientes servidores de ametralladora roja", que podéis ver arriba, os decí­a que me la contó mi amigo D.P.C., y que aún viví­a.

Por desgracia me equivoqué. Ha muerto hace algún tiempo, y yo no me habí­a enterado.

Sirvan estas lí­neas como homenaje a este valiente soldado español. Grabé varias horas de conversación con Donato, sobre sus recuerdos de guerra. Seguimos para ello el historial de su unidad en la guerra, cronológicamente ordenado.

Donato Pascual Criado era un campesino de clase media, de un pueblo de Segovia. Cuando estalló la guerra tení­a 17 o 18 años, y se alistó el mismo dí­a como voluntario en las milicias de Falange.

Subió a combatir en el Alto del León, en la sierra entre Madrid y Segovia (en lo que durante algún tiempo se conoció como ALTO DE LOS LEONES DE CASTILLA en homenaje a los pocos centenares de falangistas castellanos que frenaron el avance de miles de milicianos madrileños hacia Castilla en las primeras semanas de guerra).

Allí­ combatió con Girón de Velasco y otros 300 voluntarios aproximadamente, y recibió su primera herida de guerra.

Narrar todo su historial de guerra serí­a muy largo. Lo resumiré en que tuvo tres ascensos por méritos de guerra, fué herido muchas veces (no recuerdo cuantas, pero lo miraré), obtuvo - entre otras muchas condecoraciones - la Medalla Militar Individual, y fué siempre uno de los mejores combatientes de la legendaria 1ª Bandera de Falange de Castilla, una de las unidades tipo batallón más condecoradas del ejército nacional. Solo se alejó del frente los pocos periodos en los que estuvo convaleciente de alguna de sus heridas.

Su Medalla Militar Individual la obtuvo cuando, siendo retirado en camilla por los dos balazos que le habí­an traspasado ambos muslos, oyó que el enemigo atacaba. Habí­a sido tras la toma de Peña Juliana, en el 38, y el contraataque cogió a su centuria en cuadro, con los oficiales y sargentos muertos o evacuados por heridas. El era cabo entonces, y junto a otros dos cabos menos antiguos, era todo lo que quedaba para mandar a treinta y tantos falangistas.

Donato saltó de la camilla, y a pesar de la pérdida de sangre, asumió el mando de su centuria. Dada la escasez de municiones para sus fusiles, pero la gran abundancia de bombas de mano de las que disponí­an, dejó que el enemigo que vení­a subiendo la cuesta se acercáse lo suficiente, y entonces dió la orden.

El contraataque de sus reducidí­simas fuerzas fué lo suficientemente vigoroso como para desbaratar al mucho más numeroso enemigo, tomarles muchos prisioneros, y mantener la posición. Además de la Medalla Militar, ahí­ obtuvo el ascenso a Sargento.

Se retiró del ejército a los pocos años de acabada la guerra. No pudo - a pesar de sus esfuerzos - alistarse en la División Azul porque era jefe de la escolta personal del General Muñoz Grandes, que le ordenó con cariño y afecto que siguiera en su puesto en Madrid, y no le permitió ir a Rusia.

Llegó a combatir contra el maquis. Alcanzó el grado de Capitán de Infanterí­a.

Donato, por la edad, podí­a haber sido mi padre, y hasta mi abuelo. Pero nos hicimos muy amigos cuando yo tení­a 15 años, y el unos 60, en campamentos juveniles... a los que nos encantaba invitarle. Dormí­a siempre al raso, hací­a largas marchas, y nos fundí­a a todos los jóvenes en lo que hiciera falta, ya fuera en actividades fí­sicas, en comer, en beber, o en lo que se terciase.

El carácter de Donato era siempre alegre, y todo el mundo le querí­a. Era un caballero de los pies a la cabeza. Descanse en paz, en la guardia eterna de los luceros, donde de vez en cuando tendrá tiempo para bromear tanto con sus camaradas, como con sus antiguos enemigos, ahora todos hermanos. Un abrazo, Donato.
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