Combates Navales españoles

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Combates Navales españoles

Notapor MAC2 el Dom Jul 15, 2007 11:42 am

Batalla de Lepanto

7 de Octubre de 1571

Cuando se frenó el avance musulmán


En 1566 es elegido como Pontí­fice Pí­o V, el cual tení­a el deseo de conclamar a la Cristiandad para un doble combate; contra el protestantismo y contra el adversario otomano, a lo que invitó a los prí­ncipes católicos a concretar una alianza contra el Sultán. En esa época Pí­o V escribió una carta al Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, -la cual era conocida por los infieles como los Escorpiones del Mediterráneo- quien tení­a la intención de abandonar la isla de Malta previendo la inminente victoria de los otomanos, para que no abandonase su puesto le escribió: “Dejad de lado la idea de abandonar la isla. Vuestra simple presencia en Malta inflamará de coraje a los cristianos e impondrá respeto al otomano, por el terror que le tienen al nombre que los fulminó el año pasado. Sabed que él teme vuestra persona más que a todos los soldados reunidos”La Valette, el Gran Maestre, leyó la carta del Papa delante del Consejo de la Orden, besóla respetuosamente, luego besó la tierra de la isla y exclamó. “La voz de vuestro vicario, oh Jesús, indica mi deber. Nos quedaremos aquí­, y aquí­ moriremos”. Hacia fines de 1566 Pí­o V dirige a las naciones católicas un nuevo llamado de alerta haciendo una invitación para unirse en una Liga en defensa de la Cristiandad. Nadie quiere escucharlo, pues están todos ocupados con sus problemas internos.

Pasaron tres años y en 1569 llega a Constantinopla la noticia de que el arsenal veneciano fue destruido por el fuego, y además, debido a una mala cosecha toda la pení­nsula itálica estaba amenazada por el hambre. En ese momento Selim II rompe la tregua y enví­a un ultimátum: o Venecia entregaba una de sus posesiones preferidas como lo era Chipre o era la guerra. Venecia pide auxilio pero no quiere tener alianza con España, apenas la mediación papal junto a los demás Estados para conseguir dinero, tropas y ví­veres. España tampoco quiere una Liga pues Venecia hizo varias veces alianzas con los turcos. Pí­o V interviene y exhorta a España a mandar una armada poderosa para proteger Malta y garantizar la ruta que llevarí­a auxilio a la isla de Chipre. La liga entre España y Venecia deberí­a tener un carácter defensivo y ofensivo, mediante un tratado que los ligarí­a por un tiempo determinado.

Felipe II acepta y enví­a a sus embajadores, ante lo cual Su Santidad nombra a Marco Antonio Colonna, conocido de Felipe II y Venecia, como jefe de la armada auxiliar pontificia.

Bajo el mando y mediación del Soberano Pontí­fice comienzan las negociaciones. Con un discurso inflamado el Papa convoca a todos para una nueva cruzada. Lamentablemente los intereses de ambas partes inciden en la demora de los acuerdos.

Los españoles desconfí­an de las intenciones de los venecianos. A su vez los venecianos dicen que les es imposible contribuir con más de un cuarto de los gastos de la guerra, cuando todos sabí­an de la riqueza del tesoro veneciano...

Pí­o V interviene en las discusiones con heroica paciencia y cordura. El mismo sugiere el nombre de Don Juan de Austria como generalí­simo de los ejércitos cristianos, joven de 24 años, hermano bastardo de Felipe II, de maneras profundamente aristocráticas que a todos impresiona. Mientras duran las negociaciones una peste ataca la escuadra veneciana y los turcos atacan la isla de Chipre la cual es conquistada luego de 48 dí­as de heroica resistencia. La pérdida de Chipre crea un verdadero desánimo en toda la Cristiandad, llegando incluso a pensar en atacar por separados el peligro turco. Pí­o V interviene y dice que la culpa la tienen los prí­ncipes católicos, los cuales deberí­an de arrepentirse de su actitud antes que fuera tarde, y que sólo expiarí­an sus culpas si resuelven a fin de cuentas, unirse en defensa de la causa d1e la Cristiandad.

El nuncio papal Fachinetti que se encuentra en Venecia en febrero de 1571 anuncia que si no se forma la Liga, existí­a el peligro de que Venecia pidiera la paz, cediendo Chipre, y deshaciendo la posibilidad de actuar contra los otomanos.

En marzo del mismo año y con apenas dos dí­as de diferencia llegaron las respuestas afirmativas del Rey de España y del Dux de Venecia. Superados los pequeños obstáculos se forma la Liga que debí­a ser estable, tener un carácter defensivo y ofensivo y actuarí­a no sólo contra el sultán, sino también contra sus estados tributarios, Argel, Túnez y Trí­poli.

La Liga contarí­a con 200 galeras, 100 transportes, 50 mil infantes españoles, italianos y alemanes, 4.500 de caballerí­a ligera, y el número de cañones necesarios. El Papa se harí­a cargo con 1/6 de los gastos, España con 3/6, y Venecia con el resto.

Preparativos para la Batalla

Su Santidad enví­a a la Liga un estandarte de damasco de seda azul con la imagen del Crucificado, teniendo a Sus pies las armas del Papa, de España, de Venecia y de Don Juan de Austria, a quien el Papa le habí­a dicho que él iba a luchar por la Fé católica y por eso Dios le darí­a la victoria.

Don Juan de Austria recibió el estandarte de las manos del Cardenal Granvela, en la Iglesia de Santa Clara con la presencia de muchos nobles, entre los cuales se destacan los Prí­ncipes de Parma y Urbino. “¡Toma dichoso Prí­ncipe, le dice el Cardenal, la insignia del Verbo Humanado; ten la viva señal de la santa Fé, de la cual eres defensor en esta empresa. El te dará una victoria gloriosa sobre el enemigo impí­o, y por tu mano será abatida la soberbia. Amén!”

Preocupado con las noticias del avance turco, el Papa Pio V mandó una carta a Don Juan exhortándolo a zarpar hacia Mesina, actuando inmediatamente Don Juan el cual fue recibido con muestras de júbilo a su llegada. Tres semanas llevaba Don Juan deliberando junto a sus oficiales estudiando la forma de actuar, unos querí­an apenas la defensa otros atacar, Don Juan dudaba. El Nuncio Odescalchi que habí­a llegado a Mesina a distribuir pedacitos del Santo Leño para que cada nave tuviera el suyo, comunicó al Prí­ncipe que el Pontí­fice le prometí­a en nombre de Dios la victoria por encima de todos los cálculos humanos y mandaba decirle que si la escuadra fuera derrotada “irí­a el mismo a la guerra con sus blancos cabellos para vergí¼enza de los jóvenes indolentes”. Alentado por Su Santidad, Don Juan toma medidas rápidamente, no escaparon las mismas que desde el punto de vista moral el Prí­ncipe tomó para preservar el carácter sacral de la expedición a saber: 1) prohibió la presencia de mujeres a bordo, 2) dictó la pena de muerte por blasfemias 3) mientras esperaba el regreso de una patrulla de reconocimiento, todos ayunaron 3 dí­as y ninguno de los 81.000 marinos y soldados dejó de confesarse y comulgar, haciendo lo mismo los galeotes.

En dirección a la Batalla

Durante los dí­as 16 y 17 de setiembre la flota zarpa del puerto de Mesina. El espectáculo es deslumbrante. Las naves zarpan de a dos, estando coronadas con banderas de color que las distinguí­a por la disposición que iban a tener en la batalla. Al frente tremulantes las banderas verde de Andrea Doria, comandante de los españoles. De inmediato vení­a el centro, con las banderas azules y con el gonfalón de Nuestra Señora de Guadalupe sobre La Real, la nave capitana de Don Juan de Austria. Los estandartes del Papa y de la Liga quedaron a cubierto hasta el momento del combate. A la derecha del centro vení­a Marco Antonio Colonna en la nave capitana del Papa, a la izquierda el veneciano Sebastián Veniero gran conocedor de las luchas en el mar, con sus 70 vigorosos años se encontraba parado altivamente en la proa de su nave. La división de Venecia comandada por el noble Barbarigo los seguí­a atrás con banderas amarillas; las banderas blancas de Don Alvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, cerraba aquel imponente cortejo naval. El Nuncio Papal bendecí­a a cada barco que pasaba con sus cruzados piadosamente arrodillados.

La flota enemiga es localizada en Lepanto, un puerto situado al sur del estrecho de igual nombre que une el Golfo de Patras con el de Corinto. El 6 de octubre el cielo se muestra gris y con neblina, el viento detiene a los católicos y empuja a los otomanos hacia fuera del estrecho de Lepanto facilitando el combate.

El domingo 7 de octubre a las 2 de la madrugada, un viento fresco venido del poniente limpia el cielo prometiendo un dí­a de sol; antes del amanecer las naves católicas levan anclas y se adentran en el estrecho de Lepanto, de inmediato izan la bandera que señaliza la presencia del enemigo. Truena un cañón que ordena formarse para la batalla, en ese momento es izado el estandarte de la Liga en el palo mayor de la nave capitana. En ese momento Don Juan de Austria exclamó. “Aquí­ venceremos o moriremos”.

Formación para el combate

La flota católica buscó extenderse lo más que podí­a, desde el litoral hasta alta mar. Don Juan comanda el centro, ladeado por Colonna y Veniero; el catalán Requeséns vení­a un poco más atrás. La escuadra española de Andrea Doria, con 60 naves, forma el ala derecha en dirección hacia alta mar. Las 35 naves del Marqués de Santa Cruz aguarda órdenes en retaguardia para su eventual intervención.

Alí­-Pachá el almirante otomano, también dispone su flota para el combate. El Generalí­simo turco parece querer embestir por el centro y al mismo tiempo envolver a los cristianos aprovechándose de su superioridad numérica de 286 naves contra 208. El viento soplaba desde el este favorable a los infieles, mientras que los católicos a fuerza de remar se acercaban al enemigo. Cuando las escuadras estuvieron a la vista, el viento amainó.

En la escuadra católica Andrea Doria quiere proponer un consejo de guerra y discutir si convení­a o no dar combate a un enemigo numéricamente superior a lo que Don Juan de Austria le contestó “No es la hora de hablar, sino de luchar”, por lo tanto Andrea Doria aconseja que se corten los enormes espolones de las galeras católicas, consejo que es aceptado de inmediato.

El comandante supremo Don Juan de Austria pasa revista a todas las naves llevando en la mano un crucifijo y conclamando con ardor para la lucha inminente. “Este es el dí­a en que la Cristiandad debe mostrar su poder, para aniquilar esta secta maldita y obtener una victoria sin precedentes... Es por voluntad de Dios que estáis aquí­, para castigar el furor y la maldad de esos perros bárbaros, todos cuiden de cumplir con su deber. Poned vuestra esperanza únicamente en el Dios de los ejércitos, que reina y gobierna el universo”. A otros decí­a: “Recordad que vais a combatir por la Fé; ningún débil ganará el Cielo”.

En la armada católica Don Juan de Austria en la Real, se arrodilla y reza, todos sus hombres hacen lo mismo. En medio de un silencio grandioso, los religiosos dan la última bendición y absolución general a los que iban a exponerse a morir por la Fé.

El enemigo a su vez cortaba el silencio con el ruido de sus cornetas, blasfemias, burlas e imprecaciones y decí­an. “Esos cristianos vinieron como un rebaño de ovejas para que los degollemos”. La orden de Alí­-Pachá era la de no hacer prisioneros.

La Batalla

Alí­-Pachá da un tiro de cañón para llamar a los cristianos a la lucha. Don Juan acepta el desafí­o respondiendo con otro cañonazo. En ese momento el viento cambia inesperadamente favoreciendo a los cristianos.

El primer cañonazo que parte hacia los infieles hunde una galera y al grito de “victoria, victoria, viva Cristo”los cruzados se lanzan con toda energí­a a la batalla.

Los turcos buscan dar mayor amplitud a su desplazamiento, para envolver uno de los flancos del adversario. Doria trata de impedir la maniobra, pero se aleja demasiado de la zona que le habí­a sido asignada, abriendo una peligrosa brecha entre el ala de su comando y el centro de la escuadra.

El apóstata italiano Uluch Alí­ entra por el espacio vací­o dejado por Doria. Con sus mejores naves se lanza al combate hacia el centro de los cristianos, y con algunas galeras pesadas mantiene a Doria apartado. En esta maniobra las tropas de Doria son casi aniquiladas, y la reserva del Marqués de Santa Cruz no puede socorrerlo, pues estaba empeñado en auxiliar a los venecianos del ala izquierda junto al litoral. Alí­-Pachá conociendo por los santos estandartes la galera de Don Juan, embiste por la proa a la Real, y lanzó sobre ella una horda de Jení­zaros escogidos. En ese momento el consejo dado por Doria probó su eficacia; desembarazada del peso que representaba el espolón, la artillerí­a de la nave católica, diezmó la tripulación de la Sultana, la nave de Alí­ Pachá, en socorro de ésta llegan 7 galeras turcas, las cuales lanzaron más Jení­zaros a la lucha sobre el puente ensangrentado de la capitana de Don Juan.

Por dos veces la horda turca penetró hasta el mástil principal de la Real, pero los bravos veteranos españoles los obligaron a retroceder. Don Juan contaba con apenas dos barcos de reserva, su tropa habí­a sufrido muchas bajas y él mismo fue herido en un pie. La situación se iba volviendo cada vez más peligrosa, cuando el Marqués de Santa Cruz, después de liberar a los venecianos, vino en socorro de Don Juan, y éste pudo rechazar a los Jení­zaros.

Uno tras otro cayeron, Juan de Córdoba, Fabio Graziani, Juan Ponce de León, el viejo Veniero lucha espada en mano, al frente de sus soldados. El general veneciano Barbarigo cae herido por una flecha que le alcanza un ojo, cuando por dar órdenes a sus hombres apartó el escudo que lo protegí­a. “Es un riesgo menor a que no me entiendan los hombres en una hora de estas”, respondió Barbarigo a alguien que le advirtió del peligro.

El momento era crí­tico. Y aún dejaba muchas dudas en cuanto al desenlace de la batalla, cuando Alí­-Pachá defendiendo la Sultana de otra embestida cristiana cayó muerto de un tiro de arcabuz español (otra versión indica que se suicidó). Eran las 4 horas de la tarde. El cuerpo del generalí­simo de los infieles es arrastrado hacia los pies de Don Juan, un soldado español le corta la cabeza. Esta, por orden de Don Juan es ensartada en la punta de una lanza para que todos la vieran. Un clamor de alegrí­a victoriosa surgió de la nave capitana. Los turcos estaban derrotados y el pánico se apoderó rápidamente entre sus huestes a partir del momento en que el estandarte de Cristo comenzó a flamear en la Sultana.

El veneciano Girolamo Diedo cuenta que “una gran parte de los esclavos cristianos que se encontraba en los naví­os enemigos se enteraron que los turcos estaban perdidos. A pesar de los guardias estos infelices multiplicaron sus esfuerzos buscando liberarse y favorecer la victoria de los nuestros. En poco tiempo se los encontraba combatiendo por todos lados donde hay lucha, con un coraje sin igual. Su ardor es aumentado por los gritos que resuenan en todos lados: ¡La victoria es nuestra!”. En los naví­os de la Liga, los galeotes que habí­an sido armados con espadas, abandonaban los remos cuando habí­a abordajes y luchaban valientemente contra los turcos.

Las pérdidas de los infieles fue enorme de 30 a 40 mil muertos, de 8 a 10 mil prisioneros, 120 galeras apresadas y 50 hundidas o incendiadas, numerosas banderas y gran parte de la artillerí­a en poder de los vencedores. Doce mil cristianos que estaban esclavizados alcanzaron la libertad.

El resto de la escuadra enemiga se bate en retirada y se dispersa, mientras las trompetas católicas proclaman a los cuatro vientos la victoria de la Santa Liga en la mayor batalla naval que la historia jamás registrara. Se supo después que en el fragor de la batalla, los soldados de Mahoma avistaron por encima de los mástiles mayores de la escuadra católica una señora que los aterraba con su aspecto majestuoso y amenazador.

Noticias de victoria llegan a Roma

Entretanto en Roma el Papa aguardaba las noticias, ayunando y redoblando sus oraciones por la victoria. El mismo Papa insta para que Cardenales, Monjes y fieles hagan lo mismo confiando Su Santidad en la eficacia del Santo Rosario. El dí­a 7 de octubre él trabajaba con su tesorero Donato Cesi el cual exponí­a los problemas financieros. De repente, se apartó de su interlocutor, abrió una ventana y entró en éxtasis, se volvió hacia su tesorero y le dijo: “Id con Dios. Ahora no es hora de negocios, sino de dar gracias a Jesucristo pues nuestra escuadra acaba de vencer”y se dirigió a su capilla.

En la noche del 21 para el 22 de octubre el Cardenal Rusticucci despierta al Papa para confirmarle la visión que él habí­a tenido. En un llanto varonil San Pí­o V repitió las palabras del viejo Simeón: “Nunc dimitis servum tuum, Domine, in pace”“Ahora Señor ya puedes dejar ir a tu siervo en paz”(Luc.2,29). En la mañana siguiente es proclamada la feliz noticia en San Pedro luego de una procesión y un solemne Te Deum.

De allí­ en más, el dí­a 7 de octubre quedó consagrado a nuestra Señora de las Victorias y más tarde al Santo Rosario, en las Letaní­as Lauretanas se agregó por vox populi la invocación “Auxilium Christianorum”. Capillas con la invocación de Nuestra Señora de las Victorias comienzan a surgir en España e Italia. El senado veneciano coloca debajo del cuadro que representa la batalla la siguiente frase: “Non virtus, non arma, non duces, sed Maria Rosarii Victores nos fecit”; “Ni las tropas, ni las armas, ni los comandantes, sino la Virgen Marí­a del Rosario es la que nos dio la victoria”. Génova y otras ciudades mandaron pintar en sus puertas la imagen de la Virgen del Rosario.

La historia es testigo de que la lenta decadencia del poderí­o naval de los otomanos comenzó con la jornada de Lepanto.
MAC2
 
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Notapor Gabiosky el Dom Jul 15, 2007 12:03 pm

Que rapidez, me maravillo.

Estupendo.

Un saludo.
Gabiosky
 
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Notapor MAC2 el Dom Jul 15, 2007 10:36 pm

Gabiosky escribió:Que rapidez, me maravillo.

Estupendo.

Un saludo.


Lo tenia guardado je je,y esto tambien;

Combate del naví­o Glorioso con el británico Darmouth(19 de octubre de 1747)

El naví­o español Glorioso, de 70 cañones, al mando de Pedro Mesí­a de la Cerda, luego marqués de la Vega de Armijo, vení­a procedente de América con caudales. En las Azores rechazó el ataque del naví­o ingles Warwich, de 60 cañones, y la fragata Lark, de 44, a los que desmanteló (25 de julio de 1747); en Finisterre volvió a rechazar otro ataque de un naví­o de 60 cañones y dos fragatas de la escuela del almirante Byng, consiguiendo entrar en Corcubión y desembarcar su carga (16 de agosto de 1747). Abandonó este puerto para dirigirse a Cádiz; a la altura del cabo San Vicente fue atacado sucesivamente por dos fragatas corsarias inglesas (King George y Prince Frederick) —que tuvieron que retirarse destrozadas— y diez bajeles más que le daban caza, entre ellos el naví­o Darmouth de 50 cañones y dos fragatas, se rindió cuando habí­a consumido sus municiones y tení­a a bordo 33 muertos y 130 heridos (19 de octubre de 1747).

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Antonio Barceló, con su jabeque correo, rechaza a dos galeotas argelinas (1738)

Antonio Barceló (1717-1797), cuando apenas contaba los 18 años de edad, fue nombrado capitán de uno de los jabeques correo que hací­an el servicio entre Palma de Mallorca y Barcelona. En 1738 rechazó y puso en fuga a dos galeotas argelinas que le atacaron cuando llevaba de transporte en su jabeque un destacamento de dragones del regimiento de Orán y otro del de infanterí­a de África, acción recompensada por el Rey con la graduación de alférez de fragata de la Armada, el dí­a 6 de noviembre de 1738.

Cortellini se equivoca en la leyenda que puso en la parte inferior del cuadro, al decir rinde a dos goletas argelinas, cuando en realidad las rechazó, y en la fecha del combate, que fue en 1738 y no en 1736.

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Combate de San Vicente(14 de febrero de 1797)

Combate de San Vicente; el naví­o Pelayo acude en auxilio del naví­o Santí­sima Trinidad (14 de febrero de 1797).
Una escuadra española al mando del general José de Córdoba habí­a salida de Cartagena el 2 de febrero de 1797, con 27 naví­os en lí­nea, 10 fragatas, 1 bergantí­n, 13 lanchas, 4 urnas y 50 mercantes con destino a Cádiz. En Algeciras dejó el convoy y las lanchas con 3 naví­os y se dirigió a Cádiz. Forzado por vientos de levante, se encontraba el 14 de febrero a 24 millas al S.W. del cabo de San Vicente. En estas circunstancias se avisó la escuadra inglesa del almirante Jervis, de 15 naví­os en lí­nea, 4 fragatas, 2 sloops y un cutter. La escuadra española estaba dividida en dos grupos de 16 y 8 naví­os respectivamente, mal formados. Jervis dirigió su fuerza hacia el primer grupo, que era el de barlovento, y comenzó una acción particularmente adversa para la escuadra española, que perdió 4 naví­os apresados y tuvo 1 318 bajas entre muertos, heridos y contusos, mientras los británicos tuvieron sólo tres naví­os con fuertes averí­as y 400 hombres muertos o heridos.

El óleo representa el momento en que el naví­o Santí­sima Trinidad, de 130 cañones, insignia de Córdoba, atacado por el Blenheim, de 98, el Orion, de 74, el Irresistible, de 74 y el Excellent, de 74, habiendo combatido previamente con el Captain y el Culloden, ambos de 74, completamente desarbolado, con 476 bajas a bordo, arrí­a la bandera; sin embargo, acude en su auxilio el naví­o Infante don Pelayo de 74 cañones, al mando de Cayetano Valdés, y consigue salvarlo. La acción del Pelayo fue secundada por los naví­os San Pablo, Conde de Regla y Prí­ncipe de Asturias, no representados en la pintura.


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Notapor Jean Luc el Lun Jul 16, 2007 12:07 am

Felicidades Mac2... Como me está gustando este hilo. :D
Invaden nuestro espacio y retrocedemos, asimilan mundos enteros y retrocedemos, esta vez no... la línea debe trazarse aquí, hasta aquí... no más allá... y yo les voy a hacer pagar por lo que han hecho....
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Notapor MAC2 el Lun Jul 16, 2007 11:34 pm

Aún quedan unos cuantos...........

Combate naval entre españoles y holandeses(siglo XVII)
Representa uno de los numerosos combates navales mantenidos entre las armadas de España y las Provincias Unidas de los Paí­ses Bajos durante la primera mitad del siglo XVII.

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Cuadro nº2
Representa el momento en el que un naví­o holandés navega desde barlovento para cortar la popa a uno español, desarbolado del trinquete, y pasar por la proa a otro de esta nación que se ve en segundo plano. Tradicionalmente se creí­a, sin fundamento que lo probase, que la pintura representa una fase del encuentro que tuvo la escuadra española al mando de Juan de Fajardo con otra holandesa del Almirante Swartenhont en aguas de Fuengirola (6 de Octubre 1622).

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Combate de una fragata española con el naví­o británico Stanhope
Durante la Guerra de Sucesión, Blas de Lezo (1688-1741), al mando de una fragata de la Real Armada, hizo en 1710 once presas al enemigo, la menor de 20 cañones de porte, entre ellas el Stanhope, un corsario inglés fuertemente armado al mando de John Combs.

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La fragata de Blas de Lezo remolcando el naví­o Stanhope (1710)
Una vez rendido el naví­o Stanhope, Blas de Lezo lo lleva a remolque con la bandera española —blanca con las armas reales— izada sobre la británica, como era costumbre en la época.

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Combate del naví­o Princesa contra tres británicos
El naví­o Princesa, de 64 cañones, al mando de Pablo Agustí­n de Aguirre, sostuvo el 19 de abril de 1740 un obstinado combate durante más de siete horas con los británicos Orford, Kent y Lenox, de 70 cañones, a la altura de cabo Prior, a los que tuvo que rendirse. El Princesa, construido en Guarnizo en 1730, sirvió en la Royal Navy con el nombre de Princessa hasta 1784 en que fue vendido. Se desguazó en 1809.

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Batalla de Isla Terceira (26 de julio de 1582)

Notapor MAC2 el Mar Jul 31, 2007 2:18 pm

Felipe II consolida el trono de Portugal,por José Ramón Cumplido Muñoz


En Julio de 1582 tuvo lugar la primera gran batalla naval en la que intervinieran galeones, en la cual una flota mandada por Don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz y Capitán General de Galeras, derrotó en las cercaní­as de la Isla Terceira (San Miguel de Azores), en las Azores, a una flota mercenaria francesa que apoyaba las pretensiones de Don Antonio, Prior de Crato, de convertirse en Rey de Portugal. De este modo, Felipe II aseguraba para sí­ el trono de Portugal, con su inmensa cadena de establecimientos coloniales que unidos a las ya de por sí­ enormes posesiones españolas, convertirí­an a Felipe en uno de los monarcas más poderosos de toda la Historia.

Sin embargo, con aquella victoria y en la euforia del triunfo, los capitanes españoles creyeron ver confirmados sus modos de combatir, que en acontecimientos posteriores se revelaron superados por los nuevos tiempos y que acabarí­an teniendo consecuencias funestas para España y para sus marinos.

La unidad Ibérica

Durante el s. XVI, España y Portugal se convirtieron en los estados más poderosos de Europa gracias a sus imperios coloniales y a una serie de matrimonios polí­ticos que entrelazaron a las dos dinastí­as entre sí­ y con el resto de la realeza europea. Cuando Sebastián de Portugal murió en 1578 en la batalla de Alcázarquivir, le sustituyó el Cardenal Infante Don Enrique, quien anunció su voluntad de casarse para obtener un heredero, muriendo antes de obtener la dispensa del Papa. Su muerte indujo a Felipe II, como primo del último rey, a reclamar el trono de Portugal frente a Don Antonio, Prior de Crato y sobrino ilegí­timo del rey Juan.

Para "apoyar" sus razones, Felipe envió a Don Fernán Álvarez de Toledo, Duque de Alba, al frente de un ejército que, descendiendo el cauce del Tajo, ocupó en Lisboa. Para apoyar al Duque de Alba, Don Álvaro de Bazán, el más afamado Almirante de la época, entrarí­a por la desembocadura del Tajo navegando hasta el puerto de Lisboa. Felipe utilizó sobornos con amplitud y repartió tí­tulos y tierras entre los nobles para recabar partidarios, pero aún así­ el Duque de Alba hubo de combatir para contrarrestar el apoyo que Don Antonio recibió de las clases populares. De todos modos, a finales de Agosto de 1580 el control de Portugal por parte de Alba ya era efectivo y Don Antonio hubo de refugiarse en las islas Azores. Finalmente, en 1581, ante las Cortes de Tomar, Felipe fue reconocido como Rey de Portugal. En atención a la autonomí­a solicitada por el Reino fue creado en 1582 el Consejo de Portugal, aunque sólo sirvió para asentir las decisiones de Felipe, y la administración de Portugal pasó a disolverse entre la burocracia estatal castellana.

Al tiempo que dominaba toda la Pení­nsula Ibérica, Felipe II recibí­a la red portuguesa de establecimientos en las Indias Orientales, África y Brasil, y además, la más firme tradición naval de Europa se poní­a a su servicio. Portugal llevaba más de un siglo comerciando con la India por mar, y sus barcos tení­an merecida fama por su gran tamaño, necesario para cargar mercancí­as en gran número (no eran raros los buques de 1.000 toneladas) y robustez, pues el largo viaje a lo largo de África y el Océano Indico, haciendo uso exclusivo del velamen, imponí­a severas condiciones. Un cronista español, Escalante de Mendoza, escribí­a en 1575 que "las naos y galeones que en Lisboa se labran para sus navegaciones y armadas son en todo más fuertes que otras ningunas".

En contraste con esto, la construcción naval de Castilla no se habí­a especializado en ningún tipo concreto, abarcando todo tipo de buques, grandes o pequeños, para comerciar por toda Europa y las Américas, ya fuera en el Báltico o en el Caribe. Aunque no faltaban grandes galeones, el prestigio del poder militar español en el mar se concentraba en las galeras, un tipo de buque inadecuado para los océanos pero excelente en el Mediterrráneo, donde en 1571 habí­an conseguido vencer en Lepanto, gracias en buena parte a la actuación de Don Álvaro de Bazán. Ahora Felipe pondrá los grandes galeones oceánicos de Portugal al mando del mismo Don Álvaro para tomar las islas Azores, único sector de territorio portugués que todaví­a no controlaba y donde el Prior de Crato, Don Antonio, trataba de reorganizarse.

Las nueve islas de las Azores están situadas en medio del Atlántico formando parte de las rutas de la Carrera de Indias. La necesidad de hacer escala en estas islas en el viaje de regreso produjo, ya desde los primeros tiempos de la Conquista de América, un área perfecta para la actuación de los corsarios, en aquella época principalmente franceses. Hasta entonces, tanto Felipe II como su padre, el Emperador Carlos, toleraron de mala gana la presencia de los corsarios en las Azores, ya que cualquier acción en la zona hubiera significado un conflicto directo con Portugal. Ahora se presentaba ante Felipe la oportunidad de eliminar a su rival y al mismo tiempo aumentar la seguridad de los naví­os venidos de la Carrera de Indias desde América y de la Flota del Tesoro desde las Indias Orientales.

Desde la isla Terceira, la segunda en tamaño del archipiélago, Don Antonio estaba buscando apoyos en las cortes europeas para reclutar un ejército que le permitiera conquistar Portugal. En Inglaterra consiguió algunos fondos, pero en la corte de Francia fue donde consiguió sus mayores simpatí­as, seguramente esperando obtener alguna posición ventajosa en las Azores para los corsarios franceses y al mismo tiempo socavar un poco el enorme poder acumulado por Felipe II. Se estableció un acuerdo por el que el condottiero Filippo Strozzi, un noble florentino primo de la reina madre, se pondrí­a al servicio de Don Antonio. Strozzi reunió 6.000 soldados y una flota de 60 barcos que zarparon desde Belle ÁŽle el 16 de junio de 1582 hacia las Azores.



La batalla de la Isla Terceira

Los agentes al servicio de Felipe habí­an seguido el peregrinaje de Don Antonio por Europa y habí­an alertado de la salida de la flota de Strozzi. Arrinconado en las Azores, Don Antonio no parecí­a un serio rival, pero habiendo obtenido tropas y buques, obligaba a Felipe a organizar rápidamente una flota con la que hacerle frente. Para ello en Lisboa se habí­an concentrado 36 barcos capitaneados por Don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, quién desde 1576 era Capitán General de Galeras. De hecho, Don Álvaro era especialista en las tácticas de galeras y en la batalla de Lepanto, en la cual estuvo al mando de la escuadra de retaguardia, habí­a entrado por una abertura en la lí­nea frontal del despliegue enemigo y en última instancia, dando la victoria a La Liga Santa. Felipe II le concedió el tí­tulo de Marqués de Santa Cruz por este gran triunfo y ahora Felipe volví­a a recurrir a su mejor marino. Al mando de una flota oceánica de galeones y mercantes armados con grandes cañones, Don Álvaro iba a encontrarse con un combate naval sin precedentes, pues nunca antes habí­an luchado en mar abierto un grupo numeroso de barcos de semejante tamaño y fuertemente armados.

Don Álvaro izó su estandarte en un gran galeón portugués armado con 48 cañones, el San Martí­n, de 1.000 toneladas y zarpó el 10 de julio. El Maestre de Campo Don Lope de Figueroa, quien mandaba las compañí­as del Tercio embarcado, unos 6.000 hombres, se encontraba a bordo de otro galeón portugués, el San Mateo, de 36 cañones. Otro reputado marino, el Capitán General de la Armada de Guipúzcoa, Don Miguel de Oquendo (padre de otro futuro gran Almirante de España, don Antonio de Oquendo), tení­a el mando de una escuadra de mercantes armados, mientras que otra escuadra reuní­a a los mercantes y buques auxiliares. El mismo Don Álvaro aportaba una escuadra de galeazas de su propiedad, que armaban unas 50 piezas de artillerí­a cada una, y que a diferencia de las que participaron en Lepanto, solí­an navegar principalmente a vela. Se esperaba además, que en un momento u otro se uniera a esta flota la escuadra de Don Juan Martí­nez de Recalde.

Al poco de zarpar, la flota española se encontró con una tormenta que dispersó las escuadras obligando a cuatro barcos a regresar a Lisboa. La flota de Don Álvaro consiguió reagruparse anclando el dí­a 22 de Julio en Villagranca, al sur de la isla de San Miguel, pero la flota de Strozzi se encontraba en las Azores ya desde el dí­a 16. Don Miguel de Oquendo fue destacado para reconocer la flota francesa, encontrándola en Punta Delgada, doce millas al Oeste, donde se contaron hasta 56 barcos franceses. La flota francesa era numéricamente superior, sin embargo, el promedio de tamaño de los buques franceses era menor que el de los españoles y portugueses, impuesto sobre todo por el escaso calado de los puertos franceses, proporcionándoles a cambio la ventaja de ser muy maniobrables y buenos veleros. Don Álvaro convocó una reunión de los capitanes de su flota para celebrar consejo, donde acordaron entablar combate inmediatamente aún contra un enemigo superior en número sin esperar la llegada de los refuerzos de la escuadra de Recalde.

Con la flota francesa ya en alta mar, Don Álvaro decidió adoptar para su flota el despliegue habitual para una formación de galeras organizando una formación cerrada en lí­nea de frente. El galeón San Martí­n, como buque insignia de Don Álvaro ocuparí­a el centro de la formación flanqueado por los barcos más poderosos, y a continuación lanzó sus barcos a la lucha. Pero a diferencia de las galeras que utilizaban los remos para lanzarse al ataque en cualquier dirección sin preocuparse del viento, los galeones propulsados únicamente por el velamen de su aparejo en cruz podí­an quedar inmóviles por la ausencia de viento. Y esto fue precisamente lo que sucedió: rápidamente la intensidad del viento disminuyó hasta encalmarse por completo y las dos flotas se vieron condenadas a la inmovilidad pasando la noche meciéndose suavemente frente a Punta Delgada.

Durante los siguientes tres dí­as sólo soplaron unos vientos muy ligeros, lo que no permitió a ninguno de los adversarios lanzarse de nuevo al ataque. Se entablaban periódicamente escaramuzas en los flancos de la flota española cuando un grupo de franceses se aproximaba en un intento de aislar alguno de los barcos más adelantados. Pero en todas estas ocasiones, el grueso de la flota española pudo maniobrar y ahuyentar a los incursores. Sin embargo, ya en la tarde del segundo dí­a, los franceses decidieron actuar con tres escuadras completas. La retaguardia española, al mando de Don Miguel de Oquendo, dio la vuelta para aceptar el combate. El San Martin y el San Mateo, que en ese momento se encontraban con viento a favor, viraron para sumarse a la refriega que, con un breve e intenso cañoneo por ambas partes, terminó cuando los franceses decidieron retirarse nuevamente, dejando tras de sí­ un barco español con ví­as de agua bajo la lí­nea de flotación.

Durante estos tres dí­as, Strozzi habí­a contado siempre con la ventaja del barlovento, pues el viento habí­a soplado siempre desde detrás de su flota y de cara a la flota española, permitiendo a los franceses colocarse en la mejor posición para elegir el punto de la formación española donde lanzar su ataque. Situado a sotavento, Don Álvaro trató en repetidas ocasiones de mejorar su posición, pero los barcos franceses, más rápidos y manejables, acababan siempre por volver a la zona desde donde soplaba el viento. Sin embargo, durante la noche del 24 de Julio, consiguió hacer virar su flota entre la oscuridad sin ser detectado y cuando amaneció, la flota española estaba situada detrás de la flota de Strozzi y con el viento a favor.

Don Álvaro volvió a formar su barcos en lí­nea de frente y dio la orden de ataque. Pero en este crucial momento tuvo lugar un suceso que darí­a al traste con el nuevo ataque. El buque en el que se hallaba embarcado Don Cristóbal de Eraso, lugarteniente de Don Álvaro de Bazán, desarboló su palo mayor. Don Álvaro, al comprobar que perdí­a uno de los barcos más importantes de la formación, decidió no proseguir con el ataque y viró para remolcar a Eraso, acabando aquí­ otra jornada infructuosa.

Al amanecer del dí­a siguiente, 26 de Julio, las dos flotas se encontraban a unas dieciocho millas de la costa. Hacia las ocho de la mañana comenzó a soplar viento del oeste y de nuevo los franceses se encontraron con la ventaja del barlovento. A mediodí­a, al norte de la isla de San Miguel, las dos flotas navegaban en formación de lí­nea separadas por dos o tres millas y en cursos paralelos pero contrarios. Strozzi se dirigí­a hacia el Oeste y Don Álvaro de Bazán hacia el Este. En este momento el buque del Maestre de Campo Don Lope de Figueroa, el galeón San Mateo, se salió de la formación dirigiéndose hacia la flota francesa. Parecí­a que Figueroa estaba rompiendo la formación únicamente por su voluntad de retar a los franceses y buscando su gloria personal, pero en todo caso se estaba convirtiendo en un blanco muy vulnerable.

Filippo Strozzi no se lo pensó dos veces. Durante las jornadas anteriores su táctica habí­a consistido en atacar los barcos más alejados de la flota española con la esperanza de separarlos y batirlos uno a uno. Ahora con el segundo buque más importante de la flota española se le presentaba su mejor oportunidad y Strozzi ordenó a su propio buque insignia y al de su lugarteniente y tres galeones más dirigirse a cobrar la pieza que se les poní­a a tiro.

El buque insignia de Strozzi fue el primero en romper el fuego con su artillerí­a, hizo una virada a babor y embistió el bauprés del San Mateo. Don Lope de Figueroa hasta el momento se habí­a contenido de responder al ataque y esperó hasta que la nave insignia francesa se colocó junto a su costado y entonces le lanzó una andanada completa a quemarropa. La almiranta francesa se colocó a estribor y Figueroa aprovechó para lanzarle una andanada con las piezas de ese costado. Mientras, la nave del lugarteniente de Strozzi se situó en el costado de babor y su tripulación se aprestó para el abordaje lanzando cables con garfios a las bordas del San Mateo. Los tres galeones franceses restantes que se habí­an lanzado al asalto junto con la nave de Strozzi se situaron a popa del San Mateo, su parte más desprotegida, y desde la que no se podí­an devolver los golpes, y desde allí­ comenzaron a castigar impunemente el castillo de popa.

El San Mateo aguantó durante dos horas el castigo al que le sometieron los cinco buques franceses. Su casco recibió más de 500 impactos de artillerí­a y fue desarbolado de mástiles y aparejos. La mitad de la tripulación y de los soldados habí­an sido muertos o heridos, pero el San Mateo no mostraba evidencias de aflojar su defensa. Durante esas dos horas el resto de la flota española habí­a estado efectuando trabajosamente una maniobra de virada en contra del viento. La primera escuadra en llegar al lugar del combate fue la retaguardia formada por los mercantes armados de Don Miguel de Oquendo. El galeón castellano Juana de 350 toneladas y un mercante armado fueron los primeros en llegar y lanzar una andanada contra el buque de Strozzi. Tras ellos llegaba el propio Oquendo, quien se lanzó con su buque entre la almiranta y el San Mateo, cortando los cables de abordaje que trababan a los dos combatientes. Acto seguido lanzó una andanada completa contra el buque francés matando a 50 tripulantes. Oquendo dio la orden de lanzar los garfios de abordaje y él mismo lideró el asalto hasta el castillo de popa donde consiguió capturar la bandera del buque. Durante el combate cuerpo a cuerpo Strozzi recibió una herida de bala que se reveló al instante de gran gravedad. Una vez conquistado el castillo de popa, y dado que el buque francés estaba comenzando a hundirse, Oquendo decidió dar la orden de regresar a su propio barco abandonando a los franceses a su suerte.

Ahora, en el momento más decisivo y cuando el combate se habí­a generalizado, la escuadra de la retaguardia de la flota de Strozzi abandonó la batalla. La lucha se desarrollaba sin que ninguna de las dos flotas intentara siquiera mantener una mí­nima formación. La confusión era total y cada capitán maniobraba su nave según sus propias circunstancias. La única directriz común era buscar un oponente, abrir fuego y enzarzarse mutuamente con los garfios para pasar luego al abordaje. Existí­a un acuerdo tácito entre los marinos de la época por el cuál las naves almirantas de dos flotas enfrentadas debí­an entablar un duelo singular y del que dependerí­a el resultado final del combate. Así­ la nave insignia de Don Álvaro se abrió paso entre la confusión buscando el buque insignia de Strozzi, quien desde el combate con Don Miguel de Oquendo se hallaba a la deriva. Don Álvaro finalmente localizó el buque de Strozzi y decidió pasar al abordaje para cobrar la pieza, aún sabiendo que el buque francés hací­a agua.

Después de cinco horas de combate, Strozzi no se hallaba en condiciones de continuar combatiendo. Con 400 muertos a bordo de un buque que se hundí­a y él mismo gravemente herido, fue capturado y llevado a bordo del San Martí­n para rendirse. Pero Don Álvaro no pudo recibir la espada de Strozzi de sus manos ya que éste murió mientras era llevado a bordo.

Los buques franceses al ver rendido su buque insignia renunciaron a seguir el combate y se retiraron en todas direcciones dando por concluida la batalla. El dí­a terminaba con un rotundo triunfo de Don Álvaro de Bazán a pesar de haberse enfrentado a fuerzas superiores. La flota francesa habí­a perdido un total de 11 naves, entre ellas la nave capitana. Las bajas francesas fueron de unos 1500 muertos, incluyendo a su Almirante, mientras que los españoles tuvieron una moderada cifra de 250 muertos. A pesar de la victoria, Don Álvaro juzgó imprudente continuar la campaña por tierra con soldados que acababan de librar un combate y dio la orden de volver a Lisboa para reparar los buques.

Durante el año siguiente se reunió una nueva armada de 98 buques donde embarcó un ejército de 15.000 hombres distribuidos en diecisiete compañí­as, al mando del Maestre de Campo Don Agustí­n Iñiguez de Zárate, quien ocupaba el puesto de Figueroa, quizá como reprimenda por su peligrosa iniciativa al romper la formación. Don Álvaro de Bazán regresó a las Azores en Julio de 1583 y en dos semanas se hizo con el control de todo el archipiélago, obligando al aspirante al trono Don Antonio a huir a Francia.

Después de la conquista definitiva de las Azores, la fama de Don Álvaro de Bazán fue mayor que nunca. Felipe II le otorgó le nombró Capitán General del Mar Océano y Grande de España. Después del triunfo en Terceira, el mejor marino con que contaba España recibió el encargo de una nueva misión: preparar la Empresa de Inglaterra.



Conclusiones y enseñanzas

La rotunda victoria de Don Álvaro fue conseguida sin duda gracias al mayor tamaño de sus buques de alto bordo, en especial los portugueses, lo que les proporcionaba mayor altura sobre el mar, permitiéndole dominar a los buques franceses más rasos, aunque mejores veleros y mucho más maniobrables. La mentalidad militar de la época en España continuaba las más rancias tradiciones cuyo origen se remontaba a la Reconquista, y que tení­an su perfecta continuación en la Conquista de las Américas y en las guerras en Italia y Flandes. Los buques españoles fueron diseñados con grandes superestructuras a proa y popa, desde donde disparar contra los tripulantes enemigos, como una versión naval de las fortalezas castellanas pues no en vano estas estructuras se llamaron "castillos" e incluso en la actualidad se sigue usando tal nomenclatura. Además, los combates navales en los que intervinieron los capitanes españoles eran concebidos como combates entre caballeros e infantes, la gente de guerra, dejando que la gente de mar se ocupara únicamente de gobernar el buque e incluso menospreciando el manejo de la artillerí­a. Las tácticas de la época estimaban que el momento decisivo del combate era el abordaje, por lo que la altura de la borda se consideraba el factor determinante de la victoria. Incluso las ordenanzas españolas para el uso de la artillerí­a de los buques establecí­an, que "...una vez cerradas las distancias, al alcance de lombardas y cañones, se debe orzar para descargar la artillerí­a montada en el costado de sotavento, sobre la lumbre del agua del buque enemigo..." Tras esto, "...el buque debe arribar para descargar la artillerí­a que estaba a barlovento y abordar al enemigo al amparo del viento, con el fuego de apoyo de la gente y piezas situadas en las cofas y altos". Es decir, el uso que se establecí­a de la artillerí­a consistí­a casi únicamente en descargar las dos andanadas que se habí­an preparado con anterioridad al encuentro con el fin de causar ya desde el inicio la mayor cantidad de daño posible y abordar el buque con un trozo de abordaje compuesto principalmente de soldados e infantes profesionales, que siempre en las naves españolas estuvieron embarcados en gran número. Además, en las naves españolas se conservó durante largo tiempo el uso de lombardas, piezas de hierro forjado que disparaban proyectiles de piedra, los bolaños, pues debido a la fragilidad del proyectil en sí­, cuando impactaba contra cualquier estructura se dividí­a en miles de fragmentos que actuaban como metralla, causando gran número de bajas entre los tripulantes, pero escasos daños en los buques. También eran favoritas entre los españoles las culebrinas, unas piezas de pequeño calibre que se situaban en los elevados castillos y que estaban pensadas para causar bajas entre los tripulantes enemigos.

Así­, los preparativos que realizaba Don Álvaro de Bazan para la Empresa de Inglaterra continuaban su tradicional modus operandi que tan útil le habí­a sido durante otras ocasiones. Sin embargo, Don Álvaro no tendrí­a ocasión de ponerse al mando de la Felicí­sima Armada ya que murió en Lisboa en 1588. Sin embargo, aunque su sucesor el Duque de Medinasidonia carecí­a del carisma del Marqués de Santa Cruz, los experimentados marinos españoles que se embarcaron en la Empresa de Inglaterra estaban decididos a continuar combatiendo al viejo modo, algo que los capitanes ingleses no aceptarí­an.

La fama de Don Álvaro de Bazán en el momento de su muerte era inmensa, y no es exageración decir que, en el que poco más tarde se revelarí­a como uno de los sucesos más crí­ticos de su Historia, España y la Armada echaron a faltar su mejor Almirante.

Como ejemplo del fervor popular hacia el Marqués que circulaba entre los españoles en la época, he aquí­ sendos epitafios compuestos por dos de las grandes figuras de la Literatura española:

No en bronces, que caducan, mortal mano,
Oh católico Sol de los Bazanes
Que ya entre gloriosos capitanes
Eres deidad armada, Marte humano,
Esculpirá tus hechos, sino en vano,
Cuando descubrir quiera tus afanes
Y los bien reportados tafetanes
Del turco, del inglés, del lusitano.
El un mar de tus velas coronado,
De tus remos el otro encanecido,
Tablas serán de cosas tan extrañas.
De la inmortalidad el no cansado
Pincel las logre, y sean tus hazañas
Alma del tiempo, espada del olvido.

Luis de Góngora y Argote, 1588

El fiero Turco en Lepanto,
En la Tercera el Francés,
Y en todo mar el Inglés
Tuvieron de verme espanto.
Rey servido y patria honrada
Dirán mejor quién he sido,
Por la cruz de mi apellido
Y con la cruz de mi espada.

Lope de Vega, 1588 (sirvió como soldado
a las órdenes del Marqués de Santa Cruz)
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Notapor N V Sutyagin 21+2 el Lun Ene 07, 2008 10:07 pm

Un dí­a aciago para la marina Británica

Suele considerarse que el peor desastre sufrido por la Royal Navy a lo largo de su historia por lo que a la guerra de convoyes se refiere,fue el del PQ17,un convoy destinado a la Unión Sovietica. Bastó la simple amenaza de una agrupación naval,encabezada por el Tirpitz, para que el convoy fuera abandonado a su suerte por su escolta, que era muy superior a la agrupación alemana,y dispersado,siendo hundidos muchos transportes por los submarinos y aviacion alemanas, pues el Tirpitz y sus acompañantes apenas llegaron a salir de sus bases.
En total se perdieron 24 cargueros de los 35 del convoy, con toda su carga y un alto coste en vidas humanas.
Pero hubo otra ocasión aún peor, cuando un convoy doble británico se perdió casi por completo, tras haber sido abandonado por su escolta.
En el verano de 1780 Gran Bretaña tenia que hacer frente a una de las crisis más graves de su historia con la revolución de sus colonias continentales en America,que pronto constituirí­an los Estados Unidos.
Aquella ya de por sí­ difí­cil guerra se complicó por el apoyo prestado a los rebeldes por parte de Francia y España, lo que hizo que la tarea de la Marina Real Británica fuera especialmente dificultosa,tanto más por cuanto fue una de las pocas guerras del siglo XVIII en la que la suma de las fuerzas navales francoespañolas practicamente equilibraban la tradicí­onal supremacia británica.
Los frentes se multiplicaban para las fuerzas navales inglesas, que debí­an combatir desde el Atlántico al Indico, superando las necesidades a los recursos disponibles.
Sin embargo, y haciendo gala de su proverbial tenacidad, Inglaterra preparó un doble convoy con tropas, dinero, bagajes y pertrechos con el doble destino de socorrer a sus tropas y escuadras que combatí­an en America y la India.
El convoy zarpó de Portsmouth ese verano y fue escoltado hasta la altura de Galicia por la escuadra inglesa del Canal, pero luego, y siguiendo las órdenes del Lord del Almirantazgo, Sandwich, volvió a sus costas para protegerlas, dejando reducida la escolta a una pequeña agrupación comjpuesta del navio Ramillies de 74 cañones y dos fragatas, todos ellos al mando del comodoro John Montray.
Tal decisión fue luego severamente criticada, pero debemos recordar que en el verano anterior las escuadras combinadas de Orvilliers y de don Luis de Córdova habí­an dominado durante semanas el Canal de la Mancha, obligando a huir a las inferiores inglesas, encerrándolas en sus puertos y apresando, entre otras embarcaciones, al naví­o Ardent.
El pánico cundió en las costas inglesas, temiendo que el ya preparado ejercito de invasión no tardara en poner pie en la isla, con consecuencias imprevisibles, pues muchas de las mejores unidades del ejército británico estaban en America luchando contra los colonos rebeldes. La población abandonó en masa las localidades costeras, el comercio marí­timo cesó por completo, y todo era reunir los escasos medios de defensa y reforzar las fortificaciones costeras, hasta entonces tenidas poco menos que por inútiles. No se habí­a visto tal pánico desde los tiempos de Felipe II, y es suspendió toda actividad comercial, cerrando incluso la bolsa de Londres, Temiédose en cualquier momento el desastre.
Pero la magní­fica oportunidad fue perdida por Orvilliers, al mando de la flota aliada, que dudó durante demasiados dias que era lo más conveniente.Luego, una serie de temporales sacudió violentamente la flota aliada y una mortal epidemia se desarrolló en los buques franceses contagiandose más tarde alos españoles. Al final tuvieron que volver a Brest sin haber logrado nada significativo.
La impresión sufrida por los británicos habí­a sido muy fuerte, y la repetición de tal amenaza preocupaba seriamente a sus mandos navales, muy conscientes de que Inglaterra se habí­a vuelto a salvar no por la eficacia y poder de la Royal Navy, sino por otro afortunado azar.
Así­ que la escuadra volvió a defender sus costas y el importante y poco protegido convoy siguió su ruta hacia el sur, navegando lejos de las costas peninsulares y de las rutas comerciales habituales para pasar desapercibido. Pero los servicios de inteligencia españoles descubrieron la salida y posible ruta del convoy y el mismo conde de Floridablanca ordenó a don Luis de Córdova que partiera con su escuadra, entonces en aguas de Cadiz vigilando el Estrecho, a interceptarlo y destruirlo. La escuadra española se componí­a de 27 Naví­os y varias fragatas y menores, a la que se habí­a incorporado la del almirante frances Benusset, con otros 9 naví­os y una fragata, correspondiendo el mando conjunto al español.
En la madrugada del 9 de agosto, una de las fragatas avistó a 60 leguas al este del cabo San Vicente un gran número de velas. Durante un momento cundió la duda en el Santisima Trinidad, insignia de Córdova, sobre si no estarí­a el convoy escoltado por toda la escuadra inglesa o si no serí­a solo la escuadra. Pero el Mayor de la escuadra ese gran marino que fue don José de Mazarredo, razonó logicamente observando que en cualquiera de los dos casos no navegarí­an tan lejos de la costa, y que incluso en el peor de los casos, la escuadra serí­a inferior a la de Córdova.
Disipadas todas las precauciones, Córdova dió la señal de caza general y ,realmente, empezó una gran cacerí­a.
Ante la avalancha de 36 naví­os mas las fragatas y menores, el jefe de la escolta británica, Montray, decidió que la huida pura y simple era la única opción posible, empezando por los tres buques de escolta, que abandonaron a los mercantes, de los que solo consiguieron escapar dos o tres según las diversas fuentes, mientras el resto era sucesivamente apresado por los eufóricos españoles y franceses.
Realmente, los ingleses no podí­an hacer frente con posibilidades de éxito a una agrupación tan superior, pero bien pudo haberse sacrificado Montray y su escolta atacando a las fragatas de vanguardia de Córdova, lo que hubiera entretenido a los españoles el tiempo suficiente para dar una oportunidad de huida a los mercantes. Además, al menos cinco o seis de los mercantes eran poderosos "indiamen" con 28 0 30 cañones, equiparables a las fragatas y, aparte de sus tripulaciones, conducian, como ya sabemos, un elevado número de soldados. Si unidos a la escolta hubieran atacado la vanguardia de Córdova o compuesto una lí­nea de combate,los aliados hubieran tenido que suspender su desordenada "caza general" para afrontar un combate,y aunque el resultado hubiera sido igualmente adverso para los británicos, de nuevo se hubiera dado una buena oportunidad de huida al resto de los mercantes.
Pero aquello se convirtió en un auténtico "salvese el que pueda" y así­, los buques españoles y franceses pudieron tranquilamente dar caza separadamente a cada uno de los dispersos y aislados transportes ingleses, que, tras forzar una persecución más o menos prolongada, una vez alcanzados, poca resistencia podí­an oponer por sí­ solos, debiendo amainar y entregarse. La persecución sólo cesó con la noche, y aunque las fragatas todaví­a batieron las aguas cercanas, resultó imposible avistar a los cinco o seis buques ingleses restantes.
Pero el resultado fue sencillamente aplastante, pues fueron apresados nada menos que 52 transportes de los 55 de los que constaba el convoy, de ellos 36 fragatas, 10 bergantines y 6 paquebotes.Con ellos cayeron prisioneros los 1350 hombres de sus tripulaciones, 1357 oficiales y soldados de diversos regimientos ingleses que pasaban a ultramar y unos 280 pasajeros civiles, es decir, un total de 2943 prisioneros.
La carga que transportaban no era menos importante, pues a parte del armamento del buque y los soldados, se ocuparon nada menos que 80000 mosquetes y vestuarios para doce regimientos de infanterí­a, además de numerosos efectos navales y provisiones de toda clase para la escuadra de Rodney, de operaciones en América, y para la que operaba en el Indico.
Los británicos estimaron el valor de las mercancí­as de todo género perdidas en nada menos que 1,6 millones de libras de la época, de las que un millón estaba en oro acuñado y en lingotes. Las estimaciones españolas hablaron de unos 140 millones de reales.
Según el gran escritor británico Robert Graves:
"Los más viejos no recordaban que la Bolsa Real de Londres hubiera presentado jamás un aspecto tan pesimista y melancólico como en la tarde de aquel martes en que el Almirantazgo publicó la noticia de esta doble pérdida. los anales mercantiles no registraban ningún caso en que se experimentaran pérdidas superiores a la cuarta parte de la suma que esta vez se perdió".
El clamor público exigió responsabilidades, tanto por la enorme pérdida como por el hecho de que la escolta no hubiese ni siquiera intentado defender el valioso y doble convoy, así­ que Montray fue sometido a consejo de guerra y separado del servicio. Tal vez fue demasiado severo, pues sus opciones eran realmente muy limitadas,pero el Almirantazgo debió de considerar que no podí­a dejar pasar un caso semejante y sentar el precedente para que en el futuro otros jefes creyeran excusado cumplir su mision aduciendo hallarse ante fuerzas muy superiores.
En España la noticia fue recibida con el alborozo que cabe imaginarse, pues a la importancia económica de la presa se unió la moral y la estratégica por los soldados, efectos y armamento que perdió el enemigo para sus fuerzas navales y terrestres, lo que debilitó seriamente sus posiciones en ultramar y tuvo serias repercusiones en el resultado final de la guerra.
Por si fuera poco, algunos de los buques apresados pasaron a formar parte de la Real Armada. Muy especialmente cuatro, al menos, de los fuertes y marineros "indiamen" apresados, fueron apreciados en lo que valí­an y, tras algunas obras de reacondicionamiento, pasaron a prestar servicios como fragatas. Asi el Hellbrech de 30 cañones pasó a ser la Santa Balbina de 34, el Royal George de 28 Pasó a ser el Real Jorge de 40, el Monstraut de 28 la Santa Bibiana de 34, y el Geoffrey de 28 la Santa Paula de 34.
Los ingleses, por tanto, no sólo perdieron el convoy y su valiosa carga en un auténtico desastre, pues nunca en la historia de la Royal Navy se perdió un convoy en la proporción de 52 buques de 55, sino que además proporcionaron toda una nueva división de fragatas a la Real Armada.

Fuente: Agustí­n Rodrí­gez González
N V Sutyagin 21+2
 
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Notapor Duffman el Mié Ene 09, 2008 12:33 am

Bienvenido al foro N V Sutyagin 21+2 :D
“…nuestros alemanes son mejores que los suyos”
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Notapor N V Sutyagin 21+2 el Mié Ene 09, 2008 7:17 pm

Duffman escribió:Bienvenido al foro N V Sutyagin 21+2 :D


Muchas gracias y un saludo a todos
N V Sutyagin 21+2
 
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Notapor M-16 el Jue Feb 14, 2008 11:13 pm

No se si habeis leido alguna vez la guerra de Cartagena de Indias.Sucedio asi:

La marina inglesa sufrio la derrota mas grande de su historia en 1741 durante el "Sitio de Cartagena de Indias" cuando una enorme flota de 186 buques con cerca de 27.000 soldados ingleses fueron derrotados a manos de la guarnicion española compuesta por 3.500 soldados y 6 navios de linea.Esta accion naval fue la mas grande de la historia inglesa, y la segunda mas grande del mundo despues del desembarco de Normandia en la II Guerra Mundial.Fue tan dura la derrota para los ingleses que la censura en su pais sobre esta guerra que son muy pocos libros de historia ingleses que relatan esta guerra frente a la tan conocida batalla de Trafalgar que al lado de esta batalla no fue para tanto como lo ponen los ingleses.
M-16
 

Notapor GIBRALTARESPAÑOL el Vie Feb 22, 2008 7:16 pm

M-16 escribió:No se si habeis leido alguna vez la guerra de Cartagena de Indias.Sucedio asi:

La marina inglesa sufrio la derrota mas grande de su historia en 1741 durante el "Sitio de Cartagena de Indias" cuando una enorme flota de 186 buques con cerca de 27.000 soldados ingleses fueron derrotados a manos de la guarnicion española compuesta por 3.500 soldados y 6 navios de linea.Esta accion naval fue la mas grande de la historia inglesa, y la segunda mas grande del mundo despues del desembarco de Normandia en la II Guerra Mundial.Fue tan dura la derrota para los ingleses que la censura en su pais sobre esta guerra que son muy pocos libros de historia ingleses que relatan esta guerra frente a la tan conocida batalla de Trafalgar que al lado de esta batalla no fue para tanto como lo ponen los ingleses.

Así­ fue, por cierto muy bien narrado en:
http://www.portierramaryaire.com/foro/v ... las+++lezo
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Notapor NOSTROMO el Vie Feb 22, 2008 11:18 pm

Esto me recuerda esas maravillosas clases de Historia Naval Española que nos daban en la escuela...

:wink:
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Notapor GIBRALTARESPAÑOL el Sab Feb 23, 2008 11:43 am

NOSTROMO escribió:Esto me recuerda esas maravillosas clases de Historia Naval Española que nos daban en la escuela...

:wink:


Venga dejate de coña, que yo estudie cuando el "tio paco" estava vivito y coleando y no he aprendido historia militar española hasta la llegada de internet :wink: :wink:
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