Epílogo

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Epí­logo

Notapor AZOR el Sab Mar 06, 2010 7:34 pm

Estimado D. Miguel:
Os escribo, en el aniversario de la batalla de Lepanto para seguir con nuestra amistosa tradición . Aquella fué la primera vez que combatimos juntos, yo como soldado novato y vos, mi protector, como veterano de Italia. ¿Será posible que hayan pasado tanto tiempo?. Ya veis,yo ahora soy un maestre de campo viejo y sin tercio y vos una gloria de las letras españolas. Espero, sin embargo, que los rumores que me han llegado sobre vuestra salud sean meras patrañas de envidiosos.
Como sabeis sigo en la villa de La Coruña, donde por fí­n he encontrado la paz y la cura para mis heridas del alma. Hace diez años que me establecí­ en este mágico lugar, tierra de pescadores. Una pení­nsula, en el extremo noroeste de España, surcada de suaves colinas que buscan el mar. Esta pení­nsula, en forma de galeón, tiene en su proa un faro que los lugareños llaman de Hércules y atribuyen su construcción a los romanos.
Sabeis que el camino hacia aquí­ no fué fácil. Después de sobrevivir al turco en Lepanto, combatí­ con el Tercio de Bobadilla en Flandes, durante diez años. Era ya capitán cuando participé en la conquista de las Azores y dimos una lección a los rebeldes portugueses que se negaban a reconocer a nuestro Rey Felipe, a quien, por cierto, conocí­ en el entonces naciente Escorial.
Después de varias heridas, regresé a Flandes, de donde solo salí­ para unirme, en Lisboa, a la expedición de la Felicí­sima Armada, contra el inglés. Allí­, en aquel intento glorioso, pero fracasado, fuí­ herido de suma gravedad y hube de ser desembarcado en La Coruña, practicamente para morir. Sin embargo, Nuestro Señor y su Santa Madre, la Virgen del Rosario, tení­an otros planes para mí­.
Todaví­a estaba convaleciente cuando los ingleses, bajo el mando del infame Drake nos devolvieron la visita e intentaron tomar la ciudad. Como pude me levanté e hice cuanto me permitió mi quebrantada salud.Creo que lo mas útil fué poner mi experiencia al servicio dee las exiguas fuerzas que defendí­an la ciudad. Esto me permitió ser testigo de la proeza de Marí­a Pita. Por entonces conocí­ a la maravillosa mujer que, con su amor y devoción, ha salvado mi alma y me ha devuelto las ganas de vivir.Aunque eso fuera después.
Porque al ser rechazados los ingleses volví­ a caer enfermo y el galeno me recomendó volver a mis tierras manchegas, para reposar. Allí­ pasé unos años, me olvidé de mi amor gallego, y me casé con una maravillosa mujer que me dedicó unos años maravillosos hasta que la maldita peste se la llevó. Entonces enloquecí­, me entregué a todo tipo de excesos y decidí­ volver a mi verdadero hogar, el Tercio. Allí­ , en Flandes, de nuevo, intenté huir de mi mismo. Mi fama militar se acrecentó hasta ser nombrado Maestre de Campo. Pero todo me daba igual. A menudo buscaba la muerte.
Entonces, tras unos años de infierno interior, uno de mis antiguos capitanes, Diego das Mariñas, ahora Capitán General de Galicia, sabedor de mi reputación en la ciudad, me reclamó como su principal consejero, para mejorar las defensas de la ciudad y entrenar su milicia. Le costó convencerme, pero mis viejas heridas y mis 50 años de edad eran motivos suficientes para aceptar.
Entonces volví­ a la ciudad que habí­a defendido quince años atrás y me encontré, de nuevo con aquel amor clandestino, que me redimió y aplacó mi dolor y es hoy mi esposa ante Dios y los hombres.
Y aquí­ paso mis dí­as. Me levanto pronto, costumbre de soldado. Me dirijo a mi despacho en al Real Audiencia, en el que solo aguanto un par de horas. Entonces, con la disculpa de inspeccionar las fortificaciones, recorro la muralla respirando el aire del mar que me trae recuerdos de Lepanto, Terceira o Inglaterra. Entonces me dirijo al fuerte de San Antón o al de San Diego, donde paso revista a las compañí­as y apuro con ellos unos vasos de vino. No solo con los oficiales, como es costumbre. Me gusta invitar a beber a los jóvenes reclutas que se arremolinan a mi alrededor para escuchar las viejas historias de soldados que el tiempo y mi imaginación se encargan de dulcificar. Veo en sus rostros a aquel zagal que se entrenaba duramente en las Reales Atarazanas de Barcelona para acudir al encuentro del Turco.
Después voy a mi casa donde mi mujer me tiene preparado, con todo su cariño, unos platos de los que ni siquiera habí­a oido hablar, muchos de ellos antiguas recetas de una cultura ancestral, pues, Don Miguel, mi esposa comparte vuestro secreto.
Por la tarde viene mi paciente secretario, para que firme los papelajos, y acabamos hablando de lo divino y de lo humano, ante una taza de cacao. Interesante, este secretario. Fué contador en los tercios y, era tal su honradez , que sufrió varios atentados contra su vida y ningún maestre de campo lo querí­a en sus filas. Por eso lo reclamé a mi servicio y hoy trabaja para mí­. Su integridad solo es comparable con sus dotes para los números. Desde que se encarga de las contratas, las defensas de la ciudad son de mucha mejor calidad y mejor precio.
A la hora de la cena mi dulce y joven esposa, me deleita con sus lecturas preferidas, todas ellas sacadas de su biblioteca secreta, por la cual al Santa Inquisición pagarí­a su peso en oro. El caso es que nunca terminamos de leer, nos enzarzamos en nuestros encuentros amorosos, dulces, tiernos y cálidos. Nada que ver con el sexo impulsivo de mi juventud o el de alquiler del soldado. Es una nueva forma de ayuntamiento carnal que desconocí­a y que me ha devuelto la vida y las fuerzas perdidas. Ahora, maese D. Miguel, puedo decir, por primera vez, que soy placidamente feliz.

En La Coruña, a siete de Octubre de mil seiscientos y diez y seis. Decimo octavo año del reinado de Nuestro Soberano Felipe el Tercero.
AZOR
 
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